
Posó una mano sobre tu hombro, una mano etérea e intangible que no transmitía ni frío ni calor, y sin embargo sentiste un escalofrío. Con la angustia contenida, le miraste a los ojos, unos ojos hundidos e insomnes, y le interrogaste con tu silencio. Su voz sonó oscura, lejana, como si no emergiera de su boca: “Perdóname”, dijo. Tal vez fue un ruego o una súplica, pero tú lo entendiste como una de tantas órdenes recibidas en los años que de amarga convivencia tuviste con él.
Por primera vez lo encaraste con un valor que te era ajeno. Comprendiste que nacía en aquel instante de una convicción: sus manos no volverían a hacerte daño, y su cuerpo, una sombra sólo visible a tus ojos, no podría volver a someterte. Entonces, también por primera vez, te rebelaste y respondiste negando con la cabeza, negándole íntimamente la compasión que él tampoco había tenido contigo.
No te importó que en su condena se arrastrara por los fríos y olvidados callejones de una ciudad fantasma a la que nunca llega la luz, ni que llamara a todas las puertas cerradas de las casas sumergidas en sombra obteniendo por respuesta un inhumano silencio. No, no me importó que permaneciera hasta el fin de los tiempos en el infierno: la más absoluta y amarga soledad.
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