27 de febrero de 2009

Deconstruyendo una portada



1-Antes de abrir el libro, La universidad desconocida, observo con detenimiento la portada. La ilustración me parece una metáfora visual del título. Pienso en Borges, en los distintos universos del Aleph. Es esta una asociación evidentemente subjetiva, pero hago otra. Esa figura clara y desnuda en primer plano, bajando unas escaleras y rodeada de una amalgama de materiales fragmentados, me recuerda a otro cuadro. La sugerencia, pienso, es bastante obvia, y con curiosidad busco en las primeras páginas del libro el título del cuadro que ilustra la portada: Setenta y cinco años después: Nápoles, Larry Rivers, 1988.

2-Setenta y cinco años antes, en 1913, se organiza en Nueva York el Armory Show, una exposición que rompería con los arquetipos y normas establecidas hasta el momento en el campo de la creación artística. En ella se pretendía mostrar al público americano las tendencias más novedosas del arte europeo, la Avant- garde que se desenvolvía en el París de principios del XX. La mayoría de las obras presentadas provocaron el escándalo y el desconcierto entre un público miope acostumbrado al arte realista, y la muestra del Armory fue calificada por la prensa de la época de burla y parodia del arte y por los visitantes de inmoral y absurda: “¡Esto no es arte!”. La provocación y la pregunta en las mentes enclaustradas en una perspectiva acomodaticia y ortodoxa de la creación artística estaban conseguidas.
No es de extrañar la reacción en aquellas primeras décadas del XX, si tenemos en cuenta que la exposición reunía, entre otros, a tres irreverentes e iconoclastas creadores: Francis Picabia, Man Ray y Marcel Duchamp, el “trío calavera”, que fue precisamente allí, en el Armory, dónde se conocieron e iniciaron una amistad.
La obra triunfadora de aquella mítica exposición, por la polémica que desató, fue Desnudo bajando una escalera del heterodoxo Marcel Duchamp. Aquellos trazos fragmentados, que parecían sugerir movimiento, la descomposición de planos, las suaves ondulaciones, los colores que recordaban a la madera, provocaron en algunos artistas tanta fascinación como perplejidad y rechazo en la mayoría de los visitantes que la contemplaban. La mirada irritada de un público desconcertado y desorientado se preguntaba dónde estaba la escalera, dónde estaba el desnudo.

. Desnudo bajando una escalera, Marcel Duchamp

3-Pasado el tiempo, Duchamp diría que con aquella obra sólo pretendía mostrar “una representación estática del movimiento”, algo que años antes había intentado el fotógrafo Eadweard Muybridge (1830- 1951), cuyos experimentos fotográficos para captar con la cámara el movimiento, fueron base importante para la invención del cinematógrafo. Y aunque parece ser que Duchamp negó conocer la fotografía de Muybridge la asociación es bastante comprensible, ¿verdad?

Fotografía de Eadweard Muybridge

4-En el caso de Larry Rivers (Nueva York 1923-2002), queda clara la paráfrasis y el homenaje en el título elegido por el pintor para el cuadro, que hace referencia explicita a la fecha en la que Duchamp había presentado su “Desnudo” para el Armory Show. En cuanto a la imagen femenina, tanto el movimiento de la modelo como sus suaves redondeces, muestran que la fotografía de Muybridge es un claro precedente.

Y deconstruida la ilustración de la portada de La universidad desconocida, queda por hacer la deconstrucción del contenido de este libro. Un libro tan inclasificable como imprescindible para deconstruir y reconstruir el universo literario y entrever la vida del chileno Roberto Bolaño. Será en una próxima entrada.






22 de febrero de 2009

EL gesto de un poeta



Todo está en el “cómo”. Hay que reír alegremente,
hacer buenos versos, llevar una vida decente,
tener una muerte digna
…
(A. Machado)

A finales de noviembre de 1936, milicianos anarquistas cortaban la carretera Madrid-Valencia a la altura de un pueblo de Cuenca, Tarancón. Allí pensaban pasar la noche miembros del gobierno republicano y reconocidos intelectuales. Su destino era Valencia, ciudad que en aquel momento se ofrecía más segura que la sitiada capital. Entre aquellos intelectuales, se encontraba el poeta Antonio Machado a quien acompañaban su madre y su hermano José, el dibujante.

A la familia Machado se le ofreció un viejo pero cómodo caserón para pasar la noche. Es posible que en el silencio de aquella casa latiese todavía la presencia de quienes la habían habitado, que los enseres y los pequeños detalles rebelasen la historia del vivir cotidiano de sus moradores. Es posible también que a los oídos del poeta llegase por momentos el sobrecogedor sonido de las descargas de fusilamientos y que recordara el día que lo detuvieron por equivocación unos anarquistas en un café de la madrileña glorieta de Chamberí… Es posible, pero sólo son elucubraciones mías. Nunca sabré qué pensamientos o qué oscuro presentimiento llevaron al poeta a preguntar a quién pertenecía aquella casa:
A una familia a la que ese mismo día habían dado “el paseo”.

Imagino a Antonio Machado observando el cuarto que le habían destinado, una cama limpia, intacta, tal vez con una colcha blanca y las sábanas bordadas con unas iniciales. Y no me es difícil intuir su dolor solidario, un dolor que se muestra en su gesto de delicadeza y respeto: el poeta no tocó aquella cama, no la deshizo. Durmió en el suelo, sobre una alfombra.

Los últimos días
Después de permanecer en Valencia dos años y una breve estancia en Barcelona, el veintisiete de enero de 1939, el poeta, viejo, enfermo y cansado, cruza la frontera francesa con su familia camino del exilio. En un hotelito de Collioure, Bougnol Quintana, pasa sus últimos días. Allí escribe un prólogo para unos discursos de Azaña, y en un pedacito de papel, que guarda en el bolsillo de su abrigo, los últimos versos. Unos están dedicados a Guiomar: Y te diré mi canción: / se canta lo que se pierde, / con un papagayo verde/ que la diga en tu balcón. Los otros son unos alejandrinos, que a pesar de transmitir una profunda melancolía, parecen recuperar por un instante en la mirada del poeta la luz sureña de un paraíso perdido: Estos días azules y este sol de la infancia.
El veintidós de febrero de 1939, un miércoles de ceniza -hace hoy setenta años-, muere Antonio Machado sin saber que la guerra ha terminado. Dos días después, entierran a su madre en el mismo cementerio, en Collioure.

Quizás, después de todo, nunca aprendimos a hacer la guerra. Además carecíamos de armamento. Pero no hay que juzgar a los españoles demasiado duramente. Esto es el final; cualquier día caerá Barcelona. Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado.

Antonio Machado


17 de febrero de 2009

Vulnerabilidad



Coitelos
A vida prepara con dedicación artesanal
os seus coitelos máis finos e máis tristes
para que un día unha folla azarosa toque con feitizos
a parte da pel en que máis confiamos (1)
Cuchillos
La vida prepara con esmero artesanal
sus cuchillos más finos y más tristes
para que un día una hoja azarosa toque con hechizos
la parte de la piel en que más confiamos.


A Ubaldo Piñeiro le llamaban El pistolas. Cerraba su mano derecha y con el índice, como el cañón de una recortada, disparaba la bala de su mirada apuntando con precisión a la diana de nuestros ojos. Cuando permanecía inmóvil, las piernas separadas apuntalando el suelo bajo sus pies, la trayectoria de la recortada dibujaba un semicírculo, y el índice disparador percutía con la misma rapidez que un revólver de acción doble: tú-tú-tú-tú. Pero había veces que avanzaba entre las filas del aula, y en cada paso había un silencio, el tiempo de amartillar un revólver. Entonces el dedo índice iba trazando una perpendicular o una diagonal, y los disparos eran pausados y más certeros. El pronombre sonaba como un golpe seco, rotundo, sobre cada uno de los que señalaba: TÚ--TÚ--TÚ… Después, sin reparar en la condición de cada cual, enumeraba varios sustantivos que en aquel contexto se convertían en calificativos: Tú, mujer; Tú, gitano; Tú, inmigrante; Tú, varón; Tú, poeta… ¡Qué hijo de la grandísima cabra divina era El pistolas!... Sus balas atacaban siempre por el flanco más débil… “Injusto, decía, les parece injusto, ¿verdad?”, y él mismo se respondía: “Síiii, claro, claro que es injusto”. Luego , con paso lento, se subía a la tarima, y en un plano de picado sobre nuestras cabezas, dejaba caer la sentencia: “Pero recuerden, mientras las cosas no cambien, la vulnerabilidad es algo que hay que aprender”. Y ya sin apuntar con su índice disparador, la mirada severa planeando todavía sobre la clase, el silencio se hacía más tenso y se contenía la respiración, hasta que una sonrisa benévola se dibujaba en los labios del profesor Piñeiro.
Desde entonces, la sombra alargada de aquella palabra -Vul-ne-ra-bi-li-dad-, se proyecta sobre algunos de nosotros, un chaleco antibalas que ayuda a proteger nuestra condición, nuestra singularidad, nuestra diferencia… nuestras fragilidades. Pero a veces nos lo quitamos o simplemente se nos olvida en el perchero de la salida o de la entrada de la casa. Y fue en uno de esos días, cuando a Ubaldo Piñeiro una bala le alcanzó una parte vital. No lo mató, pero dejó tierra quemada. Y eso que él bien que lo sabía.
***

(1) La cita que encabeza este texto es de Xosé Mª Álvarez Cáccamo (Vigo 1950) y pertenece al libro Cimo das idades tristes ( 1988). De estética decadente y tan amargo como bello, constituye uno de los mejores poemarios publicados en lengua gallega en la década de los 80. Os dejo la versión original y la traducción de tres poemas:

As tres figuras da soidade
Tres son as figuras da soidade que acompañan
as horas dun home desde as primeiras pétalas de luz
até a estación de cinza onde non cabe
ningunha modalidade de harmonía.

A primeira ten volume de casa sen xanelas e non entran
os brinquedos do riso nen as caricias que se usan para
preguntar: Cómo estás meu amor. Logo a segunda
nace no vento das alcobas, onde se cruzan
dous idiomas opacos. Sen espello, as palabras
persiguen a altura das aves pero nunca chegan
e deben regresar á boca que as libera.
A terceira figura da soidade circula en espiral arredor
dunha sombra
e vai con ela polas cidades e toca con ela nas coroas fráxiles
e nos ángulos esquivos dos corpos transitorios
encontrados nun azar de brillos excitantes.

As tres formas de soidade son todos os amores
que un home pode usar ate o día da morte.

Las tres figuras de la soledad
Tres son las figuras de la soledad que acompañan
las horas de un hombre desde los primeros pétalos de luz
hasta la estación de la ceniza donde no existe
ninguna modalidad de armonía.

La primera tiene volumen de casa sin ventanas y no entran
los juegos de la risa ni las caricias que se usan para
preguntar: Cómo estas amor mío. Entonces la segunda
nace en el viento de las alcobas, donde se cruzan
dos idiomas opacos. Sin espejo, las palabras
persiguen la altura de las aves pero nunca llegan
y deben regresar a la boca que las libera.
La tercera figura de la soledad circula en espiral alrededor
de una sombra
y va con ella por las ciudades y toca en las coronas más frágiles
y en los ángulos más esquivos de los cuerpos transitorios
encontrados en un azar de brillos excitantes.

Las tres formas de soledad son todos los amores
que un hombre puede usar hasta el día de la muerte.

Coitelos
A vida prepara con dedicación artesanal
os seus coitelos máis finos e máis tristes
para que algún día unha folla azarosa toque con feitizos
na parte da pel en que máis confiamos. E trae
as navallas precisas, armas
que apenas mostran a ferida aberta, o río de excesivo
desprendimento e pranto.
Parecen os coitelos, que son palabras amistosas
e ás veces son caricias,
instrumentos fermosos para acompañar a solemne
festividade da mesa. Ninguén pensa
que, logo da alegría e dos felices
pratos que nos foron servidos e tamén
daquel fluír de rostros que se falan
con moito amor despois do viño,
os coitelos pudesen abrir follas dentadas,
florir rosas de óxido, brillar
con violenta intención.
Pero hai un día
en que todas as navallas e coitelos que foran simplemente
avisos
para a prudencia
medran ata facerse ferros dun terror que sabe matar.
A vida leva moitos anos preparando armas delicadas
e todas as feridas milimétricas,
os cortes paralelos de lenta miniatura,
non foron máis que agoiros dunha crecida de sangue
que nos fará homes moi tristes e moi pacíficos para sempre.

Cuchillos

La vida prepara con esmero artesanal
sus cuchillos más finos y tristes
para que algún día una hoja azarosa toque con hechizosl
a zona de la piel en que más confiamos. Y trae
las navajas precisas, armas
que apenas muestran la herida abierta, el río de excesivo
desprendimiento y llanto.
Parecen los cuchillos, que son palabras amistosas
y a veces son caricias,
instrumentos hermosos para acompañar la solemne
festividad de la mesa. Nadie piensa
que, luego de la alegría y de los felices
platos que nos fueron servidos y también
de aquel fluir de rostros que se hablan
con mucho amor después del vino,
los cuchillos pudiesen abrir hojas dentadas,
florecer rosas de óxido, brillar
con violenta intención. Pero hay un día
en que todas las navajas y cuchillos que fueron simplemente
avisos
para la prudencia
crecen para convertirse en hierros de un terror que sabe matar.
La vida lleva muchos años preparando armas delicadas
y todas las heridas milimétricas,
los cortes paralelos de lenta miniatura,
no fueron más que augurios de una crecida de sangre
que nos hará hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre.

Dous consellos
Hai paixóns mortais que se aparecen
con ollos candorosos, con inxenua
proposta cuase transparente. Non
cedas a ese engado, non te creas
cobarde por negarte
ás promesas felices. Talvez logo
deberás aceptar os dons dun sufrimento
inútil nesta altura do teu ser.
Isto aconsello.
Pero tamén che digo: Escoita
o ruido breve desas paixóns que nacen
arredor do teu día silencioso, abre
os ollos ás miraxes transparentes. Entra
con todo o teu poder en terra fértil
de promesas, vive
entregada ás últimas vontades de pracer
que un brevísimo outono che reserva.

Dos consejos

Hay pasiones mortales que se aparecen
con ojos candorosos, con ingenua
propuesta casi transparente. No
cedas a ese hechizo, no te creas
cobarde por negarte
a las promesas felices. Tal vez luego
deberás aceptar los dones de un sufrimiento
inútil en esta altura de tu ser.
Esto aconsejo.
Pero también te digo: Escucha
el ruido breve de esas pasiones que nacen
alrededor de tu día silencioso, abre
los ojos a las miradas transparentes. Entra
con todo tu poder en tierra fértil
de promesas, vive
entregada a las últimas voluntades del placer
que un brevísimo otoño te reserva.

12 de febrero de 2009

Cartas



La primera carta decía: “Gracias a sus poemas ya no estoy sola ¡Cuánto he pensado en usted!” A esta primera carta se sucedieron otras muchas que durante meses cruzaron el Atlántico. Fue una larga y grata correspondencia entre Juan Ramón Jiménez, durante su estancia en un sanatorio de las afueras de Madrid, y una desconocida admiradora que le escribía desde el Perú. Cuando el poeta abandonó el sanatorio confesó que aquellas cartas, firmadas por Georgina Hübner, le habían ayudado a recuperar la salud y la alegría. (1)

María Casimira, una mujer de ochenta y seis años, fue “Madrina de guerra”. Las “Madrinas de guerra” escribían a jóvenes soldados que estaban en el frente durante la guerra del 36. María no conocía a Severiano ni a Julio, pero sus cartas eran trincheras para el corazón y parapetos contra el miedo; ayudaban a espantar las sombras de la soledad y de la muerte. Nunca llegó a conocer a Severiano, pero compartió con Julio cincuenta y tres años de su vida.

En mis tiempos de instituto, durante varios años, me escribí con Antoine, un chico francés. Cartas, postales, recortes de revistas, letras de canciones… enriquecían mi mundo y despertaban curiosidad por un país que años más tarde conocí. Recuerdo el cosquilleo en el estómago cuando en el buzón de casa aparecían aquellos sobres livianos, festoneados en los bordes de azul y rojo y con matasellos de avión. Todavía conservo una fotografía, tamaño carné, de un Antoine adolescente con pelo largo, suéter de cuello vuelto y un colgante alrededor del cuello.

Tres épocas, tres personas, tres motivos diferentes, pero en cualquier caso, todas esas cartas generaban buenas vibraciones, despertaban emociones y sentimientos positivos o compartían aficiones y enriquecían. Eran palabras silenciosas que iba tejiendo una urdimbre de afectos y empatía por el desconocido que poco a poco dejaba de ser un extraño y se instalaba en uno de nuestros cuartitos interiores.

Me digo, cuánto y qué poco han cambiado los tiempos. Georgina, María Casimira, Antoine… eran los amigos virtuales de entonces. Y es que de las pocas cosas que no destruye el paso del tiempo son los humanos sentimientos y el poder de las palabras viajeras. Si acaso lo que cambia es el soporte, el medio y el canal por el que transitan.
***

(1)Nota de la autora: no les cuento el final de la historia entre Georgina y el poeta de Moguer. Lo hace muy bien el uruguayo Eduardo Galeano ( Montevideo 1940) en Bocas del tiempo, una colección de pequeñas historias que tienen una trama común: el viaje de la vida. Os dejo tres para hacer boca.


Las trampas del tiempo
Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:
-Lo único que te cambiaría es el domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.
Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era. Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.

El tiempo
Somos hijos de los días:
-¿Qué es una persona en el camino?
-Tiempo.
Los mayas, antiguos maestros de esos misterios, no han olvidado que hemos sido fundados por el tiempo y estamos hechos de tiempo, que de muerte en muerte nace.
Y saben que el tiempo reina y se burla del dinero que quiere comprarlo,
de las cirugías que quieren borrarlo,
de las píldoras que quieren callarlo
y de las máquinas que quieren medirlo.
Pero cuando los indígenas de Chiapas, que se habían alzado en armas, iniciaron las conversaciones de paz, uno de los funcionarios del gobierno mexicano puso los puntos sobre las íes. Señalándose la muñeca, y señalando las muñecas de los indios, sentenció:
-Nosotros usamos relojes japoneses y ustedes también usan relojes japoneses. Para nosotros son las nueve de la mañana y para ustedes también son las nueve de la mañana. Ya déjense de fastidiar con esta cosa del tiempo.

La partida
Esta mujer se marcha al norte. Sabe que puede morir de ahogo en la travesía del río, y de bala, sed o serpiente en la travesía del desierto.
Dice adiós a sus hijos, queriendo decirles hasta luego.
Y ya yéndose a Oxaca, se arrodilla ante la Virgen de Guadalupe, en un altarcito de paso, y le ruega el milagro:
-No te pido que me des. Te pido que me pongas donde hay.







7 de febrero de 2009

Y Ellos También


Si en la entrada anterior, los poemas tenían un elemento común -el erotismo-, en esta selección no existe ninguno. Es caprichosa y aleatoria en cuanto a temas y estéticas (desde la cultista y refinada de Luis Alberto de Cuenca hasta la sencilla poesía de la experiencia de Javier Salvago) pero los textos no fueron elegidos como la palabra “Dadá”.
Del año malo de Gil de Biedma es un poema bello, plástico y sinestésico, y no sé por qué evoca en mí la imagen de La cerillera, ese cuento navideño tan triste de Andersen. La poética de la sorpresa es la “bestia octópoda” en Los alimentos corporales, un poema de Carlos Marzal donde las imágenes y metáforas son muy poderosas. Javier Salvago me descubre las cartas En el tapete verde de la vida y Jesús Munárriz me recuerda que, aunque Callar es más prudente, bajo el silencio se esconden muchos cobardes. Al dandy y repeinado Luis Alberto de Cuenca le doy las gracias por su metaliterario poema y por descubrirme a Monelle y a sus hermanas, y al bon vivant de José María Álvarez porque tan cierto es que “fumar perjudica la salud” como su Elogio del tabaco.
Sólo son algunos versos, pero cualquiera de estos poetas merecen ser leídos con más atención. Al final os dejo la referencia de poemarios y de un par de antologías donde podéis encontrar a estos y otros poetas españoles tan buenos o más (Francisco Bejarano, Pere Gimferrer, Sánchez Rosilllo, Ana Rosetti, Luis Antonio de Villena, Felipe Benitez Reyes…)
Jaime Gil de Biedma (Barcelona 1929-1990)
Del año malo
Diciembre es esta imagen
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con un olor difuso a carbonilla y campo.
Diciembre es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,al final de una noche,
y la visión en fuga de unos soportales.
Y los ojos inmensos
—tizones agrandados—
en la cara morena de una cría
temblando igual que un gorrión mojado.
En la mano sostiene unos zapatos rojos,
elegantes, flamantes como un pájaro exótico.
El cielo es negro y grisy rosa en sus extremos,
la luz de las farolas un resto amarillento.
Bajo un golpe de lluvia, llorando, yo atravieso,
innoble como un trapo, mojado hasta los cuernos.
Poemas póstumos 1968
***

Carlos Marzal (Valencia 1961)
Los alimentos corporales
Llamar amor a lo que tú y yo hacemos
es cometer una sensiblería
indigna de nosotros, que aún somos amantes.
Eso es mejor que lo hagan los demás,
aquellos que precisan aguar un vino fuerte.
Lo nuestro es un fenómeno distinto,
sin ningún circunloquio, sin grumos literarios.
Se manifiesta en el arrasamiento
recíproco. Consiste en una prospección
para obtener placer y para darlo,
un hurto generoso que se ofrece egoísta.
Es un duro trabajo en las calderas
de nuestra intimidad, un primitivo
cerco en torno al castillo de la vida.
La carne se alimenta de la carne,
de su mutuo veneno jubiloso.
Lo que hacemos tú y yo no es el amor.
A no ser que se entienda por ello un sacrificio
donde nos ofrecemos a los dioses suicidas
que habitan en el pozo de nuestra propia sangre.
Para nombrarlo habría que incurrir
en palabras que algunos consideran obscenas,
aunque la obscenidad tampoco lo define,
porque no pretendemos aleccionar a nadie
ni sobre el impudor, ni sobre la virtud.
Lo que mejor explica, sin agotarla nunca,
la bárbara pureza del deseo recíproco
es una cacería de animales
y el hartazgo feliz en que se sacian,
con los ojos cerrados contra el tiempo,
en el avaro éxtasis de su feroz banquete.
Para la bestia octópoda que engendramos tú y yo,
son una estupidez los términos pacíficos,
un triste deshonor en la batalla.
No hacemos el amor, desvalijamos
con codicia nocturna en la casa del cuerpo.
Metales pesados, 2001
***
Javier Salvago (Sevilla 1950)

Sobre el tapete verde de la vida
Nos pasamos la vida de farol,
temiendo que nos cojan y descubran
que no llevamos juego
que no sabemos nada
de nada...
Nos pasamos
la vida calibrándonos, cubriéndonos,
con la guardia bien alta.
Todos fingiendo y todos con las mismas
o parecidas malas cartas.
Los mejores años, 1991
***
Jesús Munárriz (San Sebastián 1940)

Callar es más prudente,
más seguro, más cómodo, más práctico,
callar es más astuto,
más rentable,
más útil,
callar no da problemas,
callar evita líos,
callar trae más cuenta,
callar impide que se cuelen moscas
en la boca, callar es propio de sabios,
se está muy bien callado.

Porque el que calla
otorga
licencia, impunidad,
perdón, facilidades,
y patente de corso,
y por la boca muere el pez y siempre
se ha de sentir lo que se dice y nunca
decir lo que se siente
si se quiere triunfar en sociedad
y recibir migajas
del gran pastel
del mundo.
***

Luis Alberto de Cuenca ( Madrid, 1950)

El libro de Monelle
Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
***
José María Álvarez (Cartagena, 1942)
Elogio al tabaco
Pocos placeres bajo los cielos misteriosos
más elevados y serenos
que tú, tabaco. Siempre
aumentando la dicha, en la fortuna,
o consolando el infortunio,
con la misma elegancia
con que silenciosamente envuelves
el sueño de la lectura o de la música,
los secretos ritmos de la meditación
o el agradable conversar.
Tantos momentos perdurables van unidos
a ti, tantas horas
que tú acompañas y mejoras.
Enigma portentoso
del humo, al que nos entregamos
como a la sabiduría o la suerte
que tampoco nunca entenderemos.
Noble compañero de la inteligencia,
De la alegría de vivir, del
amor, y de ese otro
favor, el vino
que alegra el corazón y la mirada.
Nunca nos faltes.

Bibliografía

Treinta años de poesía española (1965-1995), José luís García Martín, Edit. Renacimiento –La Veleta

El hacha y la rosa ( Tres decadas de poesía española), José Pérez Olivares, Edit. Renacimiento

Poesía española reciente (1980-2000), Juan Cano Ballesta, Edit. Cátedra.

(Las dos primeras hacen una selección de poetas muy similar. Las tres cuentan con notas introductorias a los autores y un prólogo que ofrece buena información y estudio sobre las tendencias de la poesía española de los últimos cincuenta años).

Metales pesados, Carlos Marzal, Edit. Tusquets

Las personas del verbo, (poesía completa) Jaime Gil de Biedma, Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores

3 de febrero de 2009

Ellas me gustan


No son los mejores versos ni tampoco los más representativos de su trayectoria poética. Sí son algunos con los que mi subjetivo ojo se sorprendió. Ellas hablan o imaginan de ellas, pero también hablan de mí y para mí, y yo escucho y diálogo e imagino con ellas. Son poetas contemporáneas, aunque de desiguales edades, con miradas distintas, con estilos y estéticas diferentes. Pero en todas asoma una chispa vital, una certera lucidez, un pedazo de deseo o un libre y singular erotismo.

Desde la sensual exuberancia de Ana Rosetti, la espontaneidad y el delicioso descaro de Almudena Guzmán, la atrevida modernidad y desinhibición de Carilda Oliver, la canalla audacia y la descarnada melancolía en Lucía Fraga, la certera afirmación de Gioconda Belli, la sutileza de María Teresa Horta y el primigenio erotismo, unido a la fuerza de la tierra madre, de Olga novo: Ellas, me gustan.

Os invito a que elijáis o comentéis aquel o aquellos que más os gustan. (De la gallega Olga Novo y la lisboeta María Teresa Horta, os ofrezco la versión original y la traducción).

Ana Rosetti (Cádiz, 1950)

Chico Wrangler
Dulce corazón mío de súbito asaltado.
Todo por adorar más de lo permisible.
Todo porque un cigarro se asienta en una boca
y en sus jugosas sedas se humedece.
Porque una camiseta incitante señala,
de su pecho, el escudo durísimo,
y un vigoroso brazo de la mínima manga sobresale.
Todo porque unas piernas, unas perfectas piernas,
dentro del más ceñido pantalón, frente a mí se separan.
Se separan.
Indicios vehementes, 1985
***
Almudena Guzmán (Madrid, 1964)

Qué hago yo aquí medio borracha
escuchando a este cretino
que sólo sabe hablarme de la mili,
mientras me tapa baboso la calle y la vida
con su espalda.
Y encima estoy sin tabaco.
(Menos mal que desconecto en seguida
pensando en ese géiser de besos
que le provocaré a usted, sin duda,
cuando su camisa se digne o se resigne
a dejarse desabrochar por mi mano.)


Usted se inmiscuye en mi bufanda
desde una áurea blanquísima que me reverbera los labios.
No me muevo,
no fumo -quizá a su silencio le moleste esa arruga en la nieve-;
y sólo cuando marcha me doy cuenta
de que he estado aguantándome el pis todo el rato.
Usted, 1986
***

Carilda Oliver Labra (Matanzas, Cuba 1924)
Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Las constelaciones nada saben del caso.
Sus besos eran balas que yo enseñé a volar.
Hubo un paro cardíaco.
El joven
nadaba como las olas.
Era tétrico,
suave,
me dio con un martillito en las articulaciones.

Vivimos ese rato de selva,
esa salud colérica
con que nos mata el hambre de otro cuerpo.

Anoche tuve un náufrago en la cama.
Me profanó el maldito.
Envuelto en dios y en sábana
nunca pidió permiso.
Todavía su rayo lasser me traspasa.

Hablábamos del cosmos y de iconografía,
pero todo vino abajo
cuando me dio el santo y seña.
Hoy encontré esa mancha en el lecho,
tan honda
que me puse a pensar gravemente:
la vida cabe en una gota.
***

Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948)

Nueva tesis feminista
¿Cómo decirte
hombre
que te necesito?
No puedo cantar a la liberación femenina
si no te canto
y te invito a descubrir liberaciones conmigo.
No me gusta la gente que se engaña
diciendo que el amor no es necesario
-"témeles, yo le tiemblo"
Hay tanto nuevo que aprender,
hermosos cavernícolas que rescatar,
nuevas maneras de amar que aún no hemos inventado.
A nombre propio declaro
que me gusta saberme mujer
frente a un hombre que se sabe hombre,
que sé de ciencia cierta
que el amor
es mejor que las multi-vitaminas,
que la pareja humana
es el principio inevitable de la vida,
que por eso no quiero jamás liberarme del hombre;
lo amo
con todas sus debilidades
y me gusta compartir con su terquedad
todo este ancho mundo
donde ambos nos somos imprescindibles.
No quiero que me acusen de mujer tradicional
pero pueden acusarme
tantas como cuantas veces quieran
de mujer
***
Lucía Fraga (A Coruña, 1978)

¿Te apetece subir?
Soy lo suficientemente ingenua como para creer
que las camas son para dormir,
pero también lo bastante zorra como par saber
que no tienes sueño

La noche de mi cuerpo
Veo el rostro de mi madre llorando
reflejado en el suelo.
Me he asomado a la ventana
y me he vuelto lluvia que cae sobre la ciudad insomne.
De noche pierdo por completo la noción de mi cuerpo y,
poco a poco,
me incorporo a este paraíso de los idiotas.
La calle tiene un extraño color de gato nocturno
que casi no me deja reconocer mis manos
mezcladas con la niebla.
Estiro los brazos por encima de los laberintos de hormigón
con el mismo vuelo que alzan los días sobre los recuerdos.
El tiempo se despereza en esta noche
que es la noche de mi cuerpo sobre la tierra mojada.
Las aguas dormidas recorren los caminos de plata,
caen a raudales,
inundando ciudades que sueñan.
Paseo dentro de una bola de cristal
que guarda la nieve del invierno olvidado
y pongo nombre a las estancias durmientes
sobre las que pasaré.
Ya no tendré frío nunca más,
aunque la nieve cubra mi cuerpo,
porque vendrá el día cuando mi carne lo pida.
Nostalgia del acero, 2006
***
María Teresa Horta (Lisboa, 1937)

Segredo
Não contes do meu
vestido
Que tiro pela cabeça

Nem que corro
os cortinados
Para uma sombra mais espessa

Deixa que feche o
Anel
Em redor do teu pescoço
Com as minhas longas
Pernas
E a sombra do meu poço

Não contes do meu
Novelo
Nem da roca de fiar

Nem o que faço
Com eles
A fim de te ouvir gritar

Secreto
No hables de mi
Vestido
Que quito por la cabeza

Ni que corro
Las cortinas
Para una sombra más densa

Deja que cierre el
Anilllo
Alrededor de tu cuello
Con estas mis largas
Piernas
Y la sombra de mi pozo

No cuentes de mi
Madeja
Ni de la roca de hilar

Ni lo que hago con ellos
A fin de oírte gritar
***

Olga Novo (Lugo, 1975)

Os líquidos íntimos
Coa miña pel podes facer enxertos nas mazairas.
Algunhas conservan estirados os nomes que gravei a navalladas
tódalas tardes ó volver da escola.
Acostumada a tirar por un poema como por un becerro cando se lle ven as patas,
cando xa non se está en idade de medrar
toda maduración require un desgarro de tendóns
entón é cando corren polo meu peito rabaños de cabras
que non se dirixen a ningunha parte,
sóbenme ás paredes desde as que te vexo,
arrancan coa lingua o pasto mentres te vas.
O tacto dos teus violíns faime chorar terriblemente.
E case non podo soportar que as túas mans me acariñen
como a la dos xerseis que me facía a miña nai cando era nena.
Pero coa miña pel
coa miña pel podes facer enxertos nas mazairas.

Los líquidos íntimos
Con mi piel puedes hacer injertos en los manzanos.

Algunos conservan estirados los nombres que yo grabé a navajazos
todas las tardes al volver de la escuela.

Acostumbrada a tirar por un poema como por un ternero cuando se le ven las patas,
cuando ya no se está en la edad de crecer
toda maduración requiere un desgarro de tendones
entonces es cuando corren por mi pecho rebaños de cabras
que no se dirigen a ninguna parte,
me suben a las paredes desde las que te veo,
arrancan con la lengua el pasto mientras te vas.

El tacto de tus violines me hace llorar terriblemente.

Y casi no puedo soportar que tus manos me acaricien
como la lana de los jerseis que me hacia mi madre cuando era niña.

Pero con mi piel
con mi piel puedes hacer injertos en los manzanos.

Nós nus (Nosotros desnudos), 1997




28 de enero de 2009

Tiempo y Literatura


A Pedro Glup Y Belencicuta

Cuando Dino Buzzati (Italia,1906-1972) cumple los cincuenta y ocho, escribe “Cumpleaños”, una reflexión a modo de pequeño relato - unha Cousa que diría Castelao- . En él, leo: “El hecho de que algún día yo podría llegar a tener la misma edad que mi padre me resultaba completamente inimaginable” (El Colombre, edit Acantilado)
La lectura de este cuento, trajo a mi memoria una escena infantil. Era invierno, y en el calor del comedor de mi casa yo hacía los deberes mientras mi madre leía el periódico. En un momento, ella expresó un pensamiento en voz alta, “Qué pena, qué joven murió este hombre”; y yo, que imagino mordisqueaba la gomilla del lápiz (qué poco me abstraían los deberes) y balanceaba las piernas bajo la silla, le pregunté que cuántos años tenía el hombre aquel. “Cuarenta”, respondió ella. Con la insolvencia propia de mi corta edad, le dije que tampoco era tan joven, y entonces mi madre abriendo mucho los ojos y con tono de reproche e indignación, contestó: “¡Son los que yo tengo!”

¡Cuarenta! ¡Pardiez! ¡Cuatro veces diez!…

Madre, debo disculpas…. Por aquel tiempo yo era una parvulita que todavía contaba por los dedos y no me alcanzaban los de las manos ni aún las dedas de los pies. Y como le ocurría a Buzzati con su padre, tampoco me veía con tu edad. Imposible imaginar que un calendario pariese años en rápida progresión hasta acercarme y alejarme de un número omnímodo que me sitúa en el XXI, un siglo que entonces sólo tenía cabida en las historias de ciencia ficción.

Pero qué bien que estoy aquí, a punto de cumplir un año más y deslizándome por la pendiente de la cuarentena con la misma cara de velocirráptor que muestran Calvin y Hobbes en la imagen de cabecera. Y retomando a Buzzati, “Ustedes se reirán pero no advierto en mí ninguna diferencia apreciable desde que tenía treinta años[…] Ha habido, ciertamente, una disminución de la cantidad de energía… pero en lo cualitativo, mi disposición sigue siendo la misma […] Tengo pues la absurda e incluso escandalosa sensación de que mi juventud no ha acabado todavía, aunque el espejo, la fecha de nacimiento, la forma en que el prójimo me considera, lo desmientan claramente”.

Claro está que suscribo las palabras del italiano, aunque el colorín del adverbio es mío. Y es que ese intruso, “Todavía”, me mete el dedo en el ojo. Porque, como Montano, el personaje letra-herido de Vila-Matas, enhebro hilo literario y sigo el vuelo de otros pájaros. Y ese adverbio me lleva a Santomé, el protagonista de La Tregua, inolvidable novela de Mario Benedetti : “Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: “Pero si usted todavía es joven. Todavía… Todavía quiere decir: se termina”.

Respiremos hondo… Sí, todo, todo se termina, y siempre habrá un intruso, una áspera palabra que nos defina como tiempo, como tiempo finito. Pero yo todavía me rebelo, porque “Todavía” es tiempo continuo, “Todavía” es gerundio. Martín Santomé no supo combatir ni retorcerle el pescuezo a ese intruso y pensando en el futuro desperdició parte del hermoso gerundio que Laura Avellaneda quiso ofrecerle. Por eso quiero que el final de todo este embrollo de Tiempo y Literatura sea el de Cumpleaños de Buzzati: “Tengo la confianza de un largo mañana, la ilusión, la esperanza… ¡la terrible esperanza!” ( el colorín es mío, el intruso de Buzzati).
***
Además de que me feliciten por mi cumpleaños (29, jueves), la entrada es para invitarles a leer:

Calvin y Hobbes, Bill Watterson, Ediciones B. Tiras cómicas con las aventuras y reflexiones de esta pareja de genuinos y divertidos filósofos. Humor inteligente y para todos los públicos.

El Colombre, Dino Buzzati, edit. Acantilado. Colección de cuentos. Fábulas, cuentos realistas y mundos oníricos nos adentran en el laberinto del ser humano. El italiano encandila.

La Tregua, Mario Benedetti, edit. Cátedra, Letras Hispánicas. Novela exquisita y de fácil lectura. El amor, el paso del tiempo, la amistad, las relaciones con los hijos… Lectura melancólica y de las que dejan huella.

El mal de Montano, Enrique Vila-Matas, edit. Anagrama. Para todos aquellos que disfrutan con lo metaliterario, que piensan en literatura, que deseen conocer al negro Tongoy, viajar a Valparaíso, buscar en una montaña perdida a un oscuro escritor…





25 de enero de 2009

El rompecabezas de Babelia

Si alguien me pide que honestamente elija mis lecturas preferidas del pasado año, no tendría en cuenta si los autores nacieron en el mapamundi de mi pueblo. Por tanto, me resulta comprensible que a la de hora de elaborar una lista con “Los libros del año 2008”, algunos críticos y colaboradores de Babelia (suplemento cultural del periódico El País) prefieran traducciones a la cosecha nacional. Otra cosa es que los responsables - a saber quiénes- de la elaboración del suplemento, parezcan tener especial empeño en jugar al trile, y a ver dónde está la bolita, con las votaciones y clasificaciones. Después de leer este artículo de Sergio Gaspar, mí no comprender. Pero si alguno de ustedes es capaz de explicármelo, prometo peregrinar a Barrio Sésamo y pedir a Epi y Blas que me enseñen los números ordinales.
(Agradezco a Blumm y su Desóxido el enlace con el artículo de Sergio Gaspar).

21 de enero de 2009

Ángel González: En el rincón de una cantina


“… aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria”
Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique

“Y muerto soy… y nadie me levanta”
Palabra sobre palabra, Ángel González

Coplas a la muerte de su padre fue uno de los poemas preferidos de Ángel González. Lo eligió como “Poema favorito” para la antología de Miguel Munárriz, Poesía para los que leen prosa.
Sabiendo del escepticismo y agnosticismo del poeta, podría parecer extraña la elección de este texto. Sin embargo, más allá de la trascendencia místico cristiana de las Coplas, pienso que, como a otros muchos lectores, al poeta le cautivó la sencillez con que Manrique expone reflexiones profundas sobre la vida y la muerte: la fugacidad del tiempo, la muerte como destino, el bien morir, la permanencia en la memoria… Porque uno de los temas recurrentes en la obra de Ángel González, es precisamente la reflexión sobre la existencia del ser y el paso del tiempo, aunque en su caso lo haga desde una vivencia personal y sin didactismos. Y quizás es esto último una de las razones por las que me atrae la poesía de Ángel González, además del uso artístico y creativo que hace del lenguaje coloquial y el tono de humor e ironía que refresca muchos de sus poemas. Así, por ejemplo, la sonrisa aflora cuando leo:

“Las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches […]
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?
Estas cucarachas no leen los periódicos”.

No me veo en la devoción de escoger un texto del poeta -me gustan muchos-, pero hay versos que se han prendido en mi memoria. “Escribir un poema, marcar la piel del agua”,… me parece de una belleza tan indefinible como contundente la afirmación de “No creo en la Eternidad”, aunque se suavice con los versos que vienen después: “mas si algo ha de quedar de lo que fuimos/ es el amor que pasa”. Y es que el amor, tema muy presente en su poesía, parece salvar al poeta, al menos por unos instantes, de sentirse una pasión inútil:
“Creo en ti
Eres
Me basta”

Aunque a mí me gusta la idea amable de que el amor puede vencer a la muerte, también presiento que el polvo vuelve al polvo y que, con dioses o sin ellos, los muertos se quedan solos. Por eso, el mejor homenaje que nos puedan hacer que sea en vida. Al fin y al cabo, la permanencia en la memoria sólo es consuelo para los que estamos aquí y tenemos la necesidad de conjurar la ausencia con el recuerdo de los que nos dieron Vida. Y es por eso, un año después de la muerte de Ángel González, que escribo esto, egoístamente escribo esto, y egoístamente me emociona leer sus versos o escuchar al poeta recitarlos. Pero créanme, aún me emociona más verlo en este vídeo… sí, hasta sentir agujitas en los ojos y erizárseme la piel.


17 de enero de 2009

Editorial Milésima

A ver, no me digan ustedes que la imagen superior no es _______________ (les dejo que pongan ustedes los adjetivos). ¿Y qué tiene que ver esta imagen con una editorial? Pues decidan ustedes mismos______________ . A mí me sugiere que a cualquier editor le gustaría que los lectores se pusiesen cómodos; y en el excusado, en el metro, en el sillón de orejas, sentados, recostados o en cuclillas - o como les pluguiese-, lean. Pues supongo que los de Editorial Milésima es lo que desean. Y ahora:
-
“Díganme, [lectores]. ¿Es que nos vamos a pasar la vida como bestias de tiro, contribuyendo sólo a la cantidad y tan poco a la calidad?”
( Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, L. Sterne)

Bueno y va información rápida:

La cita del Tristram resume la filosofía de Editorial Milésima. Y les puedo decir que están con ganas, con ilusión, que no tienen nada que perder y tal vez poco que ganar, por eso es el mejor momento para que les envíen sus originales. Todavía no se les acumulan los textos en el consejo editorial, ni las carpetas en su mesa de trabajo, ni se les traspapelan los folios y además están dispuestos a arriesgar. Así que aprovechen. Su página web no está acabada, pero les enlazo con su blog para que lo visiten. Y si de algo les sirve la palabra de la Shandy (aunque, se lo advierto, “Shandy” en irlandés significa chiflada, y aquellos Shandys del 29 también lo estaban ), los de Milésima se lo toman en serio. ¿Quiero hacerles publicidad?, pues claro, para eso es esta entrada. Hay afinidades electivas, me caen bien -vaya argumento, dirán ustedes-. Pues sí, a mí no me pagan por esto, lo hago por gusto, que es como mejor se hacen las cosas y porque creo en este proyecto. Entre los blogueros hay gente con buena pluma: Arcangel Mirón, El kafkiano, Pedro Glup, Celestino Simón, El Show de Fusa, El Lagarto en tu laberinto, Ella y su orgía, Belencicuta… Atrévanse.

Bien, ya está dicho lo importante. Y ahora, si les apetece, sigan leyendo: un poco de historia de cómo surgió Milésima.
Bueno, cuando se es lector y además hay gusto por la escritura no es de extrañar que surja curiosidad por el mundo editorial. Y para ver que se cocía, se matricularon en un master de postgrado -de esos en los que te entretienes después de tu trabajo y de paso aprendes algo, que para eso cuestan una buena pasta-.Y no vean como se lo curraron. La cuestión consistía en “trabajar como editores desde el inicio y enfrentarse con la labor editorial”. Y así crearon Valazul Ediciones, editorial virtual al amparo del Máster en Edición del Instituto Universitario de Posgrado de Santillana. Hubo que seguir todos los pasos: elaborar catálogo, contactar con editoriales y escritores -hasta le escribieron a Tomeo y a Vila- Matas (ni caso, pero al menos lo intentaron)-, conseguir relatos inéditos, leer, seleccionar, corregir, enmaquetar y editar un libro en papel. Y ahí tienen la portada. La tirada oscilará en torno a los 150-200 ejemplares y en el mes de marzo saldrá de la imprenta como edición no venal.


Y se acaba el master. Pero del grupo inicial surgen amistades, por aquello de las afinidades electivas, y cuatro de ellos se embarcaron en la creación de Milésima: Eva, Bernardo, Jorge y Susi. ¿Que cuatro les parecen pocos? Pues en Reino de Redonda son dos (dicho por don Javier Marías, que conste). Lo importante es que son buenos lepismas, les gusta devorar buen papel impreso: Vila-Matas, Bolaño, Pombo, Javier Tomeo… y no voy a citar a todos los clásicos que en el mundo han sido. El caso es que les ofrezcan literatura portátil.


¿Y por qué esta imagen que precede? Pues como de momento no tienen un logo, a los de Milésima me los imagino surrealistas, emparentados con el padre de la patafísica, buscando soluciones imaginarias y leyes que regulen las excepciones, con la fe de los escépticos, que es la mejor… Porque, ya me dirán, intentar hacerse un hueco en este mundillo editorial, que aunque no las han contado, saben que hay cientos y cientos de ellas, sí, de editoriales, y que sumadas pueden ser mil, por eso el nombre de Milésima.

Les deseo suerte





13 de enero de 2009

Fitzgeral, Dieste, Carpentier: la vida al revés


A Meiga Mego, a C.D.H. y a su blog Ollos de cores

Hace unos días, mi joven amiga Meiga Mego -tiene 15 años-, me comenta con sorpresa: oye, Shandy, ¿sabes que se hizo una película de O neno Suicida (El niño suicida)?... sí, sí – prosigue mi amiga con entusiasmo-, he oído que la dirigió un director americano y que la protagoniza Brad Pitt!
¡Ah, oh!, me digo yo… Bueno, verán, no es que a mí me obnubile la belleza del guapo Brad, lo que me sorprende es que el interesante pero desconocido relato O neno suicida, del gallego Rafael Dieste, se adapte al cine por un americano y que el protagonista sea Brad Pitt. Así que picadas por la curiosidad, mi amiga y yo nos pusimos a indagar y desfixemos el entuerto.

Resulta que en el mes de diciembre se estrenó en EE UU El curioso caso de Benjamin Button, película dirigida por David Fincher (Zodiac, Seven, El club de la lucha) y protagonizada por Pitt y Cate Blanchett. Basada en un relato homónimo de Scott Fitzgerald, cuenta la historia de un hombre que vive la vida al revés: nace siendo un viejo y va rejuveneciendo con el paso de los años. Y efectivamente, la inversión temporal de la vida es la misma anécdota de la que parte la historia de Dieste, cuya lectura me llevó a Viaje a la semilla del cubano Alejo Carpentier que trata el mismo tema.

Dieste parte de un deseo que se recoge en una expresión popular gallega: “Canto mellor ir de vello para novo…” (Cuanto mejor ir de viejo para joven). Así, el protagonista de su historia ve cumplido este deseo, pero llegada la infancia se enfrenta a su trágico destino: cumplir su sino de hombre que vive al revés e ir desapareciendo poco a poco hasta convertirse en una pequeñísima simiente.
En Viaje a la semilla, el marqués Marcial esta en el lecho de muerte y por medio del chamanismo resucita para emprender un viaje de vuelta que permitirá al narrador reconstruir las diferentes etapas de su vida hasta llegar al interior del vientre materno
En ambos relatos, el argumento es muy semejante; sin embargo hay diferencias importantes en como cada autor plantea el final del viaje y en como afrontan la llegada a la infancia los protagonistas. Aunque para ambos supone la perdida gradual de la experiencia y la conciencia de lo vivido, en el caso del personaje de Dieste se vive como un drama -de ahí el suicidio-, mientras que en el de Carpentier es aceptada como una etapa más e incluso se dice que el Marqués “Hablaba su propio idioma y había logrado la suprema libertad”.

Tal vez esta diferencia se deba a lo que cada escritor pretende mostrar con su relato. En el caso de Dieste, el viaje discurre en el tiempo cronológico entendido desde la cultura occidental, es decir, un tiempo medido, lineal y progresivo, y por tanto el viaje de la vida tiene un principio y un final definitivos. Y abocados a ese definitivo final, Dieste parece cuestionar el mito de que “la vida al revés” es deseable. Sin embargo, Carpentier viene a mostrar la coincidencia que hay entre los primeros días del hombre y los últimos, así como que el final es un principio y viceversa porque nacimiento y muerte confluyen en el caso de su protagonista. De esta forma, el escritor cubano cuestiona la concepción del tiempo en la cultura occidental -que viene del positivismo y es un tiempo histórico-, al mostrar una concepción del tiempo circular que procede del tiempo sagrado o mítico presente en las culturas maya, azteca, celta… donde la vida se entiende como cíclica y todo se renueva.
En cuanto a la vida de Benjamin Bentton, seguro que Fitzgerald nos sorprende al plantear situaciones diferentes y ofrecer otras perspectivas. Si alguno ha leído este relato u otros que toquen el mismo tema, le invito a que los comente. Respecto a la película, parece ser que en España habrá que esperar hasta febrero para verla en la gran pantalla (el trailer está en youtube)
_____________________________
La Extraña historia de Benjamin Bentton y otros relatos, F. Scott Fitzgerald. Edit. Lumen.
O neno suicida, en Dos arquivos do trasno, Rafael Dieste. Edit. Galaxia.
Viaje a la semilla, en Guerra del tiempo: El acoso y otros relatos, Alejo Carpentier. Siglo Veintiuno editores (o en Alianza editorial).
El niño suicida, junto con otros relatos de Rafael Dieste, en Antología española de la literatura fantástica, Edit Valdemar: selección de relatos de autores españoles desde la Edad Media hasta la época actual. La selección incluye cuentos de los mejores autores gallegos (Ánxel Fole, Álvaro Cunqueiro, Carlos Casares, Wenceslao Fernández Flórez, Torrente Ballester y Valle Inclán)

8 de enero de 2009

El Banco

PERSONAJES

HOMBRE 1
HOMBRE 2

Un banco sobre el escenario. Mediodía. Luce el sol

El Hombre 1 está sentado en el banco. Mira fijamente al público. Entra el Hombre 2

HOMBRE 2
Disculpe, ¿le importaría que me sentase?

El Hombre 1 se levanta sin responder y mira al otro de arriba abajo. Da una vuelta alrededor del Hombre 2 y lo observa con mucha atención. De pronto se detiene y apunta con el dedo índice a la cabeza del Hombre 2

HOMBRE 1
Con tono autoritario
Quítese eso.

HOMBRE 2
¿Esto? Señala, sorprendido, el sombrero

HOMBRE 1
Si, eso.

El Hombre 2, extrañado, quita el sombrero y mira al Hombre 1

HOMBRE 1
Y eso también. Señala las gafas

HOMBRE 2
Se dispone a obedecer, pero se detiene.
Oiga, mire, podría explicarme por qué…

HOMBRE 1
No me interrumpa y obedezca, señor mío. Aquí quién hace las preguntas soy yo. Quítese esa extraña estructura metálica que oculta sus ojos. Me impide reconocerlo

HOMBRE 2
¿Reconocerme?... Este tipo esta de guasa. Se coloca el sombrero enfadado. Mire, haga el favor y déjese de bromas. Estoy cansado y lo único que quiero es sentarme en ese banco.

HOMBRE 1
Ah, ya, sentarse en ese banco. Eso es lo que usted quiere, ¿no?

HOMBRE 2
Eso mismo, sí señor. Eso es lo que quiero. Veo que empezamos a entendernos.

HOMBRE 1
Je, je,je. Veo que es usted un perfecto estúpido. ¡Ese banco!,¡ese banco!...
¡Identifíquese!

HOMBRE 2
Oh, por favor, no se alborote, no grite. Yo soy el Hombre 2.
Le tiende la mano.
¿Y usted quién es?

HOMBRE 1
Le repito que aquí quien hace las preguntas soy yo. A ver, si no me equivoco, usted viene de por allá…
Señala el lado del escenario por donde entró el Hombre 2

HOMBRE 2
Pues sí, de por allá.

HOMBRE 1
Pasaporte, documentación, permiso de residencia, permiso de trabajo, dirección de correo electrónico, DNI, NIF, IVA, IRPF…


HOMBRE 2
¡Qué me parta un rayo! ¡Virgen Santísima!, ¡este tipo está chiflado! Ande, ande, apártese hombre de dios.

HOMBRE 1
He-he-he , Stop, Stop. Ni un paso más. Vamos a ver: usted oculta su cabeza con ese… ese ridículo chindogu…

HOMBRE 2
“¿Chindogu?”... Pero si esto es un…

HOMBRE 1
Limítese a contestar “Sí” o “No” a lo que le pregunto. ¿Oculta la cabeza?

HOMBRE 2
Este hombre esta agotando mi paciencia. ¡No!

HOMBRE 1
¿Niega la evidencia?

HOMBRE 2
No oculto mi cabeza, sólo la protejo.

HOMBRE 1
Bien, la protege. Y usted lleva una extraña estructura metálica sobre la nariz.

HOMBRE 2
Con tono resignado y cansino
Síii.

HOMBRE 1
¿Y usted viene de por allá?

HOMBRE 2
Síii.

HOMBRE 1
Y usted… ¿no vio un trazo en el suelo?

HOMBRE 2
¿Un trazo?, ¿qué trazo?... ¡Pero que carajo!…Mire, escuche hombre… si yo sólo quiero sentarme en el banco

HOMBRE 1
Ni una palabra más. Limítese a contestar. ¿Vio un trazo en el suelo?

HOMBRE 2
¡No!

HOMBRE 1
¿Y un círculo rojo con un rectangulito blanco?

HOMBRE 2
¡No!

HOMBRE 1
¿Tiene usted pasaporte, permiso de residencia, permiso de…

HOMBRE 2
¡No! No! ¡¡NO!!
Silencio

HOMBRE 1
Usted es un extraño ser.

Breve pausa antes de añadir con tono sentencioso:

Usted, no puede sentarse en ese banco.

HOMBRE 2
¡Basta, basta ya! ¡Apártese, quíteseme de delante! Me voy a sentar en ese banco con su permiso o sin él.

HOMBRE 1
No. No lo hará.

HOMBRE 2
¡A la mierda! ¡Váyase al infierno, loco chiflado! Empuja al Hombre 1 y dándole la espalda se dirige al banco.

HOMBRE 1
¡Al infierno usted!, ¡bastardo! Saca una pistola y dispara por la espalda al Hombre 2 que cae al suelo.

El Hombre 1 comprueba que el Hombre 2 está muerto. Da la vuelta al cadáver. Le quita el sombrero y las gafas. Se prueba el sombrero y mira al sol. Se lo ajusta. Se prueba las gafas, mira al público y a un lado y otro del escenario. Se quita las gafas, las tira al suelo y las pisa. Se sienta en el banco en la misma posición que al principio de la historia y mira al público fijamente.



3 de enero de 2009

Usurpadores


Cuenta la leyenda que A Condesiña , encerrada en la torre de su castillo, perdía la mirada en un recodo del camino esperando la llegada de un caballero que había partido a la guerra. Un día, con la esperanza en los ojos, murió de amor. Pasado el tiempo, un intelectual, “con mucha caspa en la chaqueta", abre el ataúd de la muchacha, encuentra una taza llena de huesecillos de cereza y hace correr la noticia por el pueblo: La Condesiña murió de “unha enchenta de cereixas” ( una panzada de cerezas). Castelao remata esta historia diciendo: “Hai homes que non saben calar” (Hay hombres que no saben callar)

En Usurpación, del asturiano Ricardo Menéndez Salmón, un desertor del bando republicano, inventa un épico relato para unos campesinos que necesitan mantener viva una utopía y asumir la muerte de sus hijos en la guerra. Ese narrador mentiroso, ese “Judas traidor”, que no vio ni tocó la muerte porque ha huido del frente, es desenmascarado por otro narrador que cuenta “la verdad”, una “áspera verdad” que no es bien recibida por los receptores. El relato mantiene la ambigüedad hasta el final, llevando al lector a preguntarse quién es el judas, quién es el usurpador?

Diré que a mí no me gustan los usurpadores, aquellos que arrebatan nuestros sueños o la necesidad de esperanza. En ocasiones, aún no ignorando, necesitamos que nos mientan un poco para alimentar la esperanza, como necesitamos de las leyendas y de los cuentos; de las verdades que se esconden en las mentiras de la ficción y de ese espacio quimérico donde, porque nada es cierto, todo es posible.

En estos días de noches mágicas -San Nicolás, O Apalpador , El Olentzero o Los Reyes Magos-, casi todos contribuimos a alimentar la fantasía. Deseamos despertar la misma emoción que una lejana noche de la infancia nos desveló ante la llegada de unos misteriosos viajeros que provocaban en nosotros el encantamiento de lo maravilloso e inaprensible. Tal vez el mismo hechizo que encierran personajes del imaginario popular como nomos, trasnos, ninfas, meigas, traucos; o relatos como Simbad el marino, La cueva de la Mora o El gato negro. De distintas maneras, gracias a la abstracción de la palabra, todos producen en nosotros un extrañamiento y desencadenan el deseo de recrearlos a nuestro antojo con la imaginación.
Quizás no estaría de más preservar para los más pequeños el verdadero regalo, ese que no tiene precio, y que corre el riesgo de diluirse si embotamos los sentidos con un exceso de realidad que en estas fechas nos vende El Corte Inglés o EL Chino Antonio.

29 de diciembre de 2008

CAMPANADAS DESTILADAS

El primo J la observa con mirada burlona. Ve como del racimo escogido entresaca las más redondas, las pela con esmero, les extrae las pepitas con sumo celo, hurgando meticulosamente en el interior del carnoso fruto para que no se abra. Carajo, teimuda que es ella, las tradiciones mandan, piensa J.
La prima quiere comenzar bien el año y, temerosa de que los hados no le sean propicios, es obediente; gusta de acompasar ese gesto de llevar los frutos a la boca, deglutirlos e ingerirlos, con cada uno de los campaneos donde confluyen nacimiento y muerte del tiempo decretado por un arbitrario calendario.
Así, limpias, ordenadas y cubicadas , aguarda con la primera uva dispuesta entre el índice y el pulgar, a medio camino entre el plato y la boca; e imponiendo silencio a los comensales, se le alechuza el rostro, las pupilas se le dilatan, se le empenachan las orejas y el vértice de la barbilla apunta hacia el hueco por el que se deslizarán los repeniques de un reloj de pared situado en el salón contiguo …
A pesar de todos los esfuerzos, la prima suele concluir con los mofletes como botijos y una carcajada le acaba provocando un violento ataque de tos que concentra sobre ella las miradas de los comensales, al tiempo que una molesta mano, solicita y presurosa, se precipita sobre su espalda…
Y el primo J, que sostiene por la columna una copa de fino cristal y agita ceremonioso el dorado y aromático caldo que contiene, dice con tono socarrón y sonrisa dentona: prima, mejor destiladas.

24 de diciembre de 2008

EL SECRETO DE ÁNXEL FOLE

En mi antología personal de relatos favoritos guardo El secreto del espejo, cuento que Ánxel Fole dedicó “A todos cuantos pasan esta Nochebuena sin compañía”. Con el permiso del autor – me lo concedió ayer tarde en A Praza do Campo Castelo, ahí donde lo ven de espaldas-, se lo dedico a todos aquellos que quieran descubrir ese secreto.
El anónimo protagonista de esta historia, sumido en un estado de soledad y melancolía en la tarde-noche de una Nochebuena, irá desgranando las sombras de los días y la ceniza de las horas. Todo lo vivido, lo pensado y lo sentido parece repetirse, sí… Pero si descubrimos el secreto que oculta la caída de un espejo, el encantamiento volverá a surgir.
El secreto del espejo es una metáfora que recrea la teoría nietzscheana del eterno retorno en su más amplio sentido, no sólo como tiempo cronológico sino también como una concepción moral ante la existencia.
Interesante la propia estructura del cuento y el acertado final –ambos en consonancia con el tema tratado-, la ambientación romántica, el lenguaje poético, las descripciones detalladas y la rica adjetivación que caracteriza la prosa del autor gallego.

¡Qué lo disfruten!

EL SECRETO DEL ESPEJO
Alguna vez he pensado esto que estoy pensando ahora; más no sé dónde, no sé cuándo he vivido intensamente este pensamiento. Es como si columbrase -nada más que columbrase- la estela –nada más que la estela- de un recuerdo. Una impresión indefinible; pero honda casi angustiosa.
Entonces, tal como ahora, venía de dar una larga paseata por el campo. También estaba el valle envuelto en niebla. Se veía el sol como una pálida magnolia entre el vaho grisiento; un sol que parecía luna. Sonaban las campanas con un extraño son opaco, en un largo plañido… Era la tarde del día de Nochebuena, y yo recordaba cosas muy íntimas y muy tristes.
***
[…] Me siento y cojo un libro de versos. Quizás hayan transcurrido dos horas. Se ha extinguido el largo lamento de las campanas. Ya las sombras del crepúsculo han invadido la vasta estancia [...] Enciendo la lámpara, de pantalla de raso verde… En el gran espejo de la sala, frente a la chimenea de rojo mármol, se refleja mi rostro cansado, abatido; mi gesto de desaliento. Otra nochebuena que pasaré sólo.
Antes, hace dos o tres lustros no me pesaba la soledad. Por el contrario la hallaba alegre, amena. Más ahora significa para mí el tedio, la desesperanza y la angustia.[…]
Este libro de versos se titula, muy bella y melancólicamente, L´ Ombre de Jours. Sombras de los días, cenizas de las horas. No sé cuántas veces lo habré leído…Escribía muy bien la gentilísima condesa […]
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Han pasado cinco horas. He saboreado la aromada compota de manzanas, que tanto me recuerda a las sencillas alegrías de la remota niñez. Pronto sonarán las doce en el antiguo reloj de pesas. Me espera la lumbre de la chimenea, el viejo sillón de orejas, el luminoso disco de la lámpara, el libro abierto sobre la mesilla. El gato negro está allí sentado, mirando la llama. Sus enigmáticos ojos, como de ágata, se salpican de lucecitas; chispean.
Tic-tac, Tic-tac…El reloj de pared mide el tiempo, diríase que lo cose –tic-tac, tic-tac…- retazo a retazo. O mejor la aguja del minutero –burro de noria- lo va extrayendo instante a instante -cangilón a cangilón- del pozo insondable, inescrutable del futuro. Este es el tiempo consciente, lúcido, donde estoy y donde soy; el tiempo henchido de mi mismo, de mis cavilaciones, remembranzas y esperanzas; el tiempo vivo, íntimo…
Miro para el gran espejo de enfrente, donde se refleja la lumbre de la chimenea… Allí me parece divisar de nuevo la estela de mi recuerdo. Como la cola de espumas que deja una nave tras de sí, como el rastro radiante de una estrella fugaz. Dura lo que un relámpago.
La rueda del minutero, la rueda del horario, la gran rueda del Mundo. Todo se va y vuelve… Dicen que en dos lugares, cualesquiera, del universo, se dan simultáneamente dos acontecimientos idénticos. Yo estoy –estaría- viviendo “esto” a millones, a billones de leguas de aquí en estos momentos. La equivalencia espacial al eterno retorno… Yo ya he vivido esto y lo volveré a vivir al cabo de siglos y siglos. ¿Será verdad...? Todo se repite en el espacio y en el tiempo. Me imagino una inmensa y rotunda galería de espejos. Somos vanas imágenes especulares de un sueño que se repite indefinidamente. Sueño de sombras, sombras de un sueño…
En la vida personal propia también se repiten ciertos momentos decisivos. Hablo de la vida interior, anímica o síquica. Se piensa algo insólito, rarísimo, que se ha pensado antes, con la misma resonancia sentimental, con igual emoción. Se vive, se revive aquel estado de conciencia tan vibrante y tenso.[…]
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Suena la primera campanada de las doce. El tibio aire parece llenarse de burbujas…Un sobresalto que anuncia la inminencia de la revelación. Comprendo: suena la hora de la cita conmigo mismo después de muchos años…
Una voz que no se oye, que habla directamente a la inteligencia, me dice: “Escucha. Soy el espejo… Mira mi palpitante entrada de lumbre. Todo se refleja en mí sin dejar huella. Por eso no puedo envejecer. Seré siempre joven mientras viva. Sueña siempre si quieres ser como yo. Ya te he contado mi secreto en esta misma sala, hace veinte años. Se me rompiera un clavo que me sostenía y tú acudiste presuroso…”
Con la última campanada se me partió el encanto. No sé porque sentí el impulso de agarrar el jarrón y arrojarlo contra el espejo. Vi que éste pendulaba, mas un extraño, indescriptible estupor me mantuvo sujeto al sillón… Se vino abajo con formidable estrépito. Su luna chocó contra el quicio de una mesa de alas y se hizo añicos […]
Salgo a buscar una botella de licor de guindas y una copa. Sobre la consola de cereza hay una vieja caja de música. Es de caoba y luce en la tapa una incrustación de nácar. Abro y doy cuerda… Surgen las notas de un viejo vals muy romántico y añorante. Me parece percibir vislumbres de raso, de agua enlunada.
En la tallada copa fulgura un rubí.
Un encantamiento sucedió al otro. La soledad volvió para mí a ser un goce.
A todos cuantos pasen esta Nochebuena sin compañía.

El secreto del espejo está publicado en Ánxel Fole, Obra Literaria Completa III Edit. Galaxia, Vigo, 2003. Los dos primeros volúmenes recopilan su obra en lengua gallega y el tercer volumen su producción en castellano. La compilación, con prólogo y notas, fue hecha por el poeta y profesor de la Universidad de Santiago Claudio Rodríguez Fer.

Ánxel Fole ( Lugo 1903-1986)
Fue miembro de la Real Academia Gallega desde 1963, propuesto para el Premio Nobel en 1983 y en 1997 se le dedicó “O Día das Letras Galegas”. Apasionado lector de Espronceda, Bécquer, Dickens y Dostoievski; de Valle Inclán y los clásicos gallegos del XIX, Rosalía de Castro y Curros Enríquez. En su narrativa confluye la tradición del cuento popular con la renovación y la modernización del género. Supo retratar tan bien la realidad material de los hombres y las tierras gallegas como la inmaterial de la Galicia mágica y misteriosa. Sus primeros libros, publicados en la década de los cincuenta, están centrados en la Galicia campesina: A lus do candil, Terra Brava y la obra teatral Pauto do demo. Son el fruto de un tiempo vivido en las tierras de la montaña luguesa, observando el entorno y escuchando historias junto a la lumbre de una lareira. Las historias situadas en el mundo urbano serán publicadas en los años setenta y ochenta: Decímolo ou non o decimos, Contos na néboa y Cartafolio de Lugo. Fole, fue un escritor comprometido con su tierra y con su lengua (“El gallego –decía- es un idioma extraordinariamente estético y atractivo”), y un atifascista visceral que contribuyó de forma decisiva al resurgimiento de la literatura gallega después de la guerra civil. La guerra civil, que le sorprendió siendo secretario provincial del Partido Galleguista, impidió la publicación de su primera obra en gallego, Auga Lizgaira, cuyos originales se perdieron entre las máquinas de la imprenta. Buen conversador, mantuvo amistad con Cunqueiro, Castelao, Maside, Otero Pedrayo y Blanco Amor, con los que compartió las tertulias de la II República. Y muchos todavía le recordamos en sus últimos años sentado en el Salón de Columnas del Circulo de las Artes, a primeras horas de la tarde, tomando un café y disfrutando de la conversación con sus amigos y paisanos.