19 de septiembre de 2009

La Tentación




“La madre se propuso salvarlo de todos los peligros.
Quería un hijo limpio, virtuoso, incorruptible, que no conociera los miasmas del mundo.
La madre soñaba con un arcángel […]
La madre ordenó que cerrara los ojos y luego ató sus manos, lo amordazó.
Le dijo que olvidara su nombre, su edad, su cuerpo, que ya no tenía carne vulnerable (presagio de la carroña) que era un hombre perfecto en la habitación que ella llamaba eterna.

“¿Y los sueños? ¿Te has olvidado de los sueños?
¿Te has olvidado de que yo pienso una palabra, una sola y simple palabra, la palabra más inofensiva, y al instante surgen ciudades, multitudes, páramos…?
¿Te has olvidado de que cada noche me cobija una nueva catedral, y amanezco en plazas enormes con palomas que revolotean sobre mí, y quemo incienso, digo plegarias para agradecer la salida del sol?
Mi sueño, madre, destruye las tapias, las ventanas y las puertas. Mi sueño es un río, un camino, una tempestad […]
Mi sueño es una casa en la Rue Hautefeuille, la cárcel de Reading, una biblioteca, la soga de mi horca y tu patíbulo.
Es mi sueño quien me hace invulnerable. Sólo el puede salvarme de mi propia corrupción”

(Manual de Tentaciones, Abilio Estevez. Edit. Tusquets)


Cuando acabé de leer este bello e intenso relato del escritor cubano, pensé que bien podría servir de soporte poético para la trágica historia de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart.

En la madrugada del 9 de julio de 1933, Aurora Rodríguez Carballeira decide acabar con la gran obra a la que había dedicado parte de su vida: su propia hija. Irrumpe en el dormitorio de Hildegart y, mientras ésta dormía, le dispara cuatro tiros, dos en la sien, un tercero en el corazón y un cuarto en el pecho. Nadie sabe exactamente qué ocurrió horas antes del cruel asesinato, qué pensamientos cruzaron por la mente de una mujer paranoica ni qué palabras dirigió aquella joven de diecinueve años a su madre. Pero no es difícil imaginar que en la larga discusión que ambas mantuvieron, Hildegart fue capaz de confesar abiertamente sus sueños, sus ilusiones, sus ansias de libertad, la necesidad acuciante y desesperada de liberarse del yugo opresor de una madre posesiva y egoísta que quiso modelarla a su manera desde la niñez: “No he tenido infancia. La necesité integra para estudiar sin descanso día y noche”
Hildegart fue pensada como un proyecto desde su nacimiento. Fue engendrada, criada y educada por su madre para encarnar a una nueva mujer, una mujer libre que luchase contra la opresión del género femenino y contra las miserias e injusticias que padecían la clase obrera en los años de la Segunda República. Se eligió a un progenitor adecuado para concebirla (al que posteriormente se le apartó de todo contacto con la hija), y desde sus primeros años de vida se la sometió a una rígida y severa instrucción. A los diecisiete años se había licenciado en derecho, contaba con una extensa bibliografía publicada, ejercía una activa militancia feminista en partidos de la izquierda libertaria española y cautivaba a cuantos la rodeaban con su brillante oratoria.
Hildegart cumplió ampliamente las expectativas de su madre hasta que la amistad y el amor entraron en su vida. Por esas puertas y ventanas llegaron maravillosos cantos de sirenas y palomas mensajeras que ofrecían y mostraban la plenitud de lo que significa la pasión y el deseo de Vivir más allá del mundo cerrado y exclusivamente intelectual que su madre le proporcionaba. Fue entonces cuando adquirió fuerza y confianza para romper la claustrofóbica pesadilla materna. Su madre llegó a creer que había una conspiración e intentaban arrebatarle a su hija, y cuando ésta expresó el deseo de marcharse sola a Inglaterra, invitada por el escritor H. G. Wells y el sexólogo Havellock Ellis, su progenitora no pudo soportarlo. La Pigmalión se había rebelado y su creadora fue incapaz de aceptar el vacío que provocaría el abandono de lo que había concebido como una “obra” perfecta que le pertenecía. Paradójicamente, aspirar a ejercer la libertad por la que luchaba y para la que supuestamente la habían educado, a Hildegart le costó la vida; y a su madre, la cárcel y el manicomio: “Mi sueño, madre, destruye las tapias, las ventanas, y las puertas. Es una tempestad… Mi sueño es la soga de mi horca y tu patíbulo”.

El "Caso Hildegart" es excepcional y excesivo por su trágico final. Pero la “Tentación” de soñar con hijos “Arcángeles” puede subyacer y ocultarse bajo las buenas intenciones. Quizás no deje de ser cierta la metáfora que apuntó el padre del sicoanálisis, la necesidad de que el hijo “Mate al padre” antes de que ambos se destruyan.
***
La imagen que encabeza la entrada pertenece al cartel de la película Mi hija Hildegart, dirigida por Fernando Fernán Gómez en 1977.

15 de septiembre de 2009

El buril del tiempo


El buril del tiempo

Te reconozco en cada gesto,
porque no soy ajena
al tiempo que te ha ido conformando
y a lo largo de todos estos años
te he ido viviendo.

Se donde se manifiestan la fortaleza,
la voluntad, el talento;
también donde se ocultan la contradicción,
la fragilidad , los miedos.
Transcribo el código de tu vanidad y de tu prepotencia,
así como el de la ira y tus varias urgencias.
Interpreto tus elipsis, y en tus silencios leo
la reflexión, la duda,
la pregunta que no cesa, la conjetura.

Es el buril del tiempo, amor,
que ha trazado cada línea de tu rostro.
Y confieso que a veces
-y aunque tú no lo sepas-,
creo atisbar en él hasta lo que desconozco.

8 de septiembre de 2009

Lección de economía


Pascual me miraba con sus ojos chicos y enterrados detrás de sus gafas. A pesar de las numerosas arrugas – su piel era como la de un sapo disecado y puesto a curar al sol-, su rostro ofrecía un gesto afable y vivaz. Tenía las arrugas de la risa, dos surcos que enmarcaban la parte baja de su nariz y se extendían hasta las comisuras de sus labios; y en la frente, se le dibujaba un mapa de carreteras de tanto sorprenderse y preguntarse por casi todas las direcciones de la vida. Era tan viejo como el grueso roble a cuya sombra se sentaba cuando llegaba el buen tiempo. Allí iba con un libro, o simplemente a contemplar como los rayos de sol serpenteaban entre las aguas de la cascada que nacía en la pardusca y distante sierra y venía a morir al río encauzado entre los vastos robledales que bordeaban sus riberas.
A Pascual, en las tardes del verano, todos sabíamos donde encontrarle. A mí me gustaba charlar con él, porque aunque ya no ejercía su profesión de maestro, nunca dejó de serlo.

Aquella tarde, me dio una buena lección, tal y como él mismo, según dijo, había recibido.

Verán, transcribo lo que me contó:
“Fue en un pequeño pueblo en el que yo ejercí como maestro, muchos años antes de llegar a éste. Eran sobre las siete de la tarde cuando llamaron a mi casa. Miré por la ventana y allí estaban en primera plana los representantes de la asociación de vecinos del pueblo: Andrés, el panadero; Amalia, la tendera; Toribio, el granjero; Isidro, el tabernero y Fernando, El campanero. Detrás de ellos, algunos lugareños más.

Venían todos alborotados y formando mucho barullo.

-¡Baje, baje, don Pascual!, gritaban todos haciéndome gestos con las manos.
Y yo, bajé.

Hablaban todos a la vez, se quitaban la palabra los unos a los otros y armaban una batahola de padre y muy señor mío. ¡Por dios, por dios!, les decía yo, calmaos un poco. No habléis todos a la vez.
Por fin se pusieron de acuerdo y fue Toribio quien habló primero.

-Mire don Pascual, que don Rosendo nos ha citado en la iglesia porque dice que va a hacer a todo el pueblo un juicio “susmarino”…

-Eso, ¡un juicio “sumarismo”! - afirmó Andrés.

-Sí, intervino Amalia la tendera, y que nos vamos a condenar todos, aquí en este mundo y en el del más allá como no confesemos y digamos la verdad!

-Eso, eso ha dicho, que iríamos todos al infierno. ¡Como si yo no tuviera bastante con asarme en el horno de mi panadería!

-Sí, sí, don Pascual, dijo que teníamos que “presonarnos todos” hoy a las nueve en la iglesia y confesar…

-A ver, a ver, calma, calma, repetía yo ante aquella caterva tan soliviantada. Por favor, explicadme bien, pero uno sólo. Venga, Amalia, habla tú.

- Sí, sí, yo le explico, don Pascual, porque como usted es un ateo “reconcentrado” y no pisa por la iglesia, pues no se entera de nada.
El caso es que queremos que usted nos acompañe para que le explique bien el asunto a don Rosendo. Porque la culpa de todo la tienen las campanas del maldito cura, que encima tenemos que pagar nosotros.

-Sí, ¡encima que el muy hijo de la gran cabra divina me ha dejado sin trabajo!-intervino Fernando El campanero.

-Fernando, sin insultar. Y deja que Amalia se explique, coño - intervine yo.

-Pues verá, don Pascual -continuó Amalia-, a don Rosendo se le puso en las cuernas comprar unas campanas eléctricas. Sí, de esas que se programan y tocan a muerto igual que sea varón o hembra, porque ni el sexo del finado respetan. Además, y para tocarnos la moral, dan las horas a todas horas, con musiquitas celestiales en las medias y ave marías purísimas en las enteras. ¡Y nosotros no queremos esas campanas! Él se pasó la democracia por el forro de la sotana y no consultó al pueblo. El pueblo se “amontinó” y nos hemos cargado las campanas. Es decir, que las hemos birlado. Y ahora quiere que vayamos y confesemos quién lo hizo, so pena de arder todos en el infierno, quedarnos sin fiesta y sin celebrar el santo patrono ni pasearlo en andas alrededor de la iglesia.

-Pero vamos a ver, -dije yo- ¿cómo os habéis podido cargar las campanas de la iglesia? ¡Por judas que don Rosendo tiene razones para estar enfadado! Él no hizo bien al no consultaros, pero vosotros no podéis tomaros la justicia por vuestra mano. Además, tampoco es un tema de tanta enjundia… ¡Qué más da quién toque las campanas!

-¿Pero es que no se da cuenta, don Pascual? ¡Don Rosendo ha echado por los suelos la economía del pueblo!-decía uno

-Eso, eso, ¡que se ha cargado nuestra economía! - coreaban todos ante mi desconcierto.

-¿Pero qué barrabasada estáis diciendo? ¿Qué tienen que ver las campanas con la economía del pueblo?- pregunté yo.”

En este punto, Pascual interrumpió su historia. Se sacudió unas briznas de hierba del pantalón y se quitó las gafas. Perdió la mirada en la lejanía, tal vez en las grecas parduscas que festoneaban la luz naranja del atardecer, y dijo:

“Eso,“barrabasada”, fue lo que yo dije, antes de que me dieran una
buena lección de economía”.

Después, Pascual se ajustó las gafas. Volvió sus ojos chicos hacia mí y continuó su relato:

“Entonces, intervino Fernando El campanero:

-Pues que yo me he quedado sin trabajo. Y ya me dirá, don Pascual, a mis años y con mi ceguera que puedo hacer… ¡Toda la vida ejerciendo de campanero!

-Bueno, Fernando, pues sí que te ha fastidiado bien a ti – le dije yo-. Es lo que tienen las nuevas tecnologías, que pretenden mejorar la vida de los hombres y a veces la cagan, con perdón. Pero míralo por el lado bueno, hombre. Al fin, te jubilas.

-Pero, don Pascual, ¿usted ha echado bien las cuentas? Un puesto de trabajo menos en el pueblo descompensa la economía de todos los demás –afirmó Fernando- . Ahora, yo no puedo comprar la espuma de afeitar y la colonia en la tienda de la Amalia, ni pagarme las cervecitas en el Isidro, ni comprarle los bollos de maíz al Andrés, ni la miel y los huevos al Toribio, ni…

-Y si a mí no me compra la miel y los huevos, ¿para que sirven mis abejas y mis gallinas? ¡Otro puesto de trabajo menos!- se quejó Toribio

-Y si a mí no me compra la espuma de afeitar y la colonia, yo no puedo comprarle los melindres a Andrés los domingos- decía Amalia.

-Y si a mí no me compra los melindres, yo no puedo permitirme tomar los cafés con copa y puro en el Isidro- añadió Andrés

-Y si no hay copa y puro para el Andrés, pues también ayuno yo. ¡Tampoco puedo pagármelos!- apostilló Isidro

-Y eso, por lo que respecta a los que aquí estamos. Pero suma y sigue con los demás vecinos. - concluyó Amalia, que de suma y sigue llenaba libretas enteras en su tienda.

-¿Entiende ahora, don Pascual?- me preguntó Fernando el campanero.”

Y de nuevo, Pascual volvió a interrumpir su relato, y, sin mirarme, dijo como hablando para sus adentros:

“La verdad, me quedé patidifuso ante aquel razonamiento tan simple y tan bien argumentado por aquellos lugareños que echaban las cuentas por los dedos y nunca habían oído hablar del Barón Keynes ni de Adan Smith. Y ni puñetera falta que les hacía”.

31 de agosto de 2009

Fragilidad


A Ventana Indiscreta, por el inesperado vuelo de sus libélulas:
LIbres
BEllas
LUminosas
LAS Libélulas

Desde niña ejercían sobre mí una irresistible atracción. Me sentaba en la orilla y durante largo rato, fascinada por su frágil belleza, las contemplaba. A la luz radiante de las mañanas de verano, se ofrecían como minúsculas y chispeantes estrellas que pellizcaban levemente la superficie de las aguas. A la luz templada del atardecer, cuando una ligera sombra se extendía sobre el río, se revelaban , en la levedad de sus gráciles cuerpos azul cobalto, como delicadas bailarinas que acariciaban con las puntas de sus zapatillas la transparencia de las aguas.

Aquella tarde, llamó mi atención la luz tornasolada de unas finas alas que sobresalían en el hueco de un árbol. Me acerqué, y el espectáculo que se me ofreció produjo en mí una mezcla de horror y fascinación. Sobre una tela de araña, de mayor tamaño que la palma de mi mano, vi un cuerpecillo torturado y carcomido en más de su mitad: el cadáver de una libélula prisionero en la retícula por sus alas que aún temblaban al aire tibio de la tarde. Mi primer impulso fue destruir de un manotazo aquella trampa, aquella estructura mortal construida con paciencia por una sabia y cruel tejedora . Sin embargo, no lo hice. Mi gesto quedo en suspenso por una fuerza interior que retuvo mi mano, un oscuro y misterioso temor a tocar el veneno de la muerte y una extraña aprehensión al contacto con el hilado pegajoso y adherente. Pero también -para que negarlo- hubo una malsana y morbosa curiosidad por descubrir como la caníbal hilandera, que no llegó a mostrarse, se daba el festín.

Cuando regresé a casa me sentí presa de una melancolía que – bien que lo sabía- estaba provocada por la ausencia de él, pero ese día aumentada por una desazón interior que no llegaba a concretar olvidada del episodio de los insectos. Sin embargo, aquella misma noche, mientras hablábamos por teléfono, le conté la desagradable anécdota de la libélula. Entonces él recordó La migala, el relato de Juan José Arreola que me había recomendado en más de una ocasión y que, por razones que no vienen al caso, yo aún no había leído.
No demoré más mi lectura y al día siguiente, por la mañana, lo leí. Mientras lo hacía, me estremecí y experimenté la misma mezcla de fascinación y horror que cuando contemplé el cuerpecillo torturado y mutilado de la libélula.

Desde entonces tengo pesadillas. Con frecuencia aparece en mi sueño una hiperbólica tela de araña que envuelve mi cuerpo y me convierte en una momia que vive: ve, oye, siente, respira… pero condenada al silencio y a la más absoluta y total inmovilidad. Cuando él está, me abrazo a su cuerpo , su contacto y su calor espantan todos mis temores. A veces me basta con escuchar su voz. Pero sus ausencias son largas y frecuentes y tengo miedo a las caníbales tejedoras y a esas retículas de seda mortal que se instalan en las esquinas de mi cuarto. Sé que están ahí. Y en las noches de insomnio percibo sus pasos, las oigo como suben y bajan por las escaleras de mi patio interior.
***
No se pierdan el relato del mexicano Juan José Arreola. Comprobarán que el mío es deudor de él . Y ya saben que las comparaciones son... inevitables.

13 de agosto de 2009

Un micro, y de paso...



Flash

La pensión se llamaba Los girasoles y ella,


con medias blancas, limpiaba la cristalera.

Lo cegó tanta luz.


Cierro el cuaderno por unos cuantos días.



Pero ya que están aquí, de paso...


¿Podrían regarme las plantas?



10 de agosto de 2009

Ex Libris


-I-
El hombrecillo señaló el edificio de arquitectura modernista que estaba al final de la calle: “Es ese, tiene la placa en la fachada”, dijo. Le diste las gracias y recorriste el espacio que te separaba del edificio. En la placa, situada a la derecha de la puerta, observaste un escudo en relieve, un águila en posición frontal que sostenía un libro entre las alas extendidas. Bajo el escudo, leíste:

Biblioteca Voltaire
Fundada en 1931 por F. G. R.

Al inicio de las escaleras, un rótulo indicaba la ubicación de la biblioteca. Subiste a la segunda planta y entraste en una espaciosa sala donde algunas personas atendían a la lectura de periódicos. Después de una rápida ojeada, te dirigiste al bibliotecario.
A tu pregunta, y observando con curiosidad el libro que retenías entre las manos, el bibliotecario te respondió con otra:
- ¿Se refiere usted al señor L G ?
Un gesto de duda se reflejó en tu rostro.
- Tal vez, puede ser.
Te acompañó por un largo un pasillo y, en su final, te indicó la entrada a una galería. Al fondo, tras una mesa orientada hacia un cuidado jardín, un hombre tecleaba en un ordenador. Lo observaste durante unos instantes y sentiste cierta inquietud, cierto temor. Las dudas retornaban de nuevo, las mismas dudas que te habían asaltado mientras conducías y la ansiedad por llegar te hacía pisar el acelerador porque siempre, siempre tuviste por cierto que irías allí. Pero había pasado más de un año…Y qué sabías tú… Al fin, tomaste aliento, te acercaste a él y pusiste el libro sobre la mesa:
-Quería devolverlo- dijiste.

-II-
Aquella noche de Junio era agradable. Extrajo de la máquina una infusión y se sentó en las escaleras de la fachada posterior del hospital. Allí se reunían los acompañantes de los enfermos para tomar el aire, fumar o charlar en voz baja, compartiendo en una absurda y necesaria catarsis las desgracias comunes. En tu caso, hablar de su enfermedad no sólo no te aliviaba, sino que te producía hastío. De nada servían las frases hechas que con la mejor intención solían intercambiarse, “Hay que tomarlas como vienen”, “Qué se le va a hacer si Dios lo manda”, “Las desgracias nunca vienen solas”, “Mientras hay vida hay esperanza”… Desde hacía unos meses, cuando comprendiste que la lucha no era para vivir sino para morir de la forma menos dolorosa posible, preferías el silencio, la soledad y el refugio en la lectura cuando no lo estabas acompañando. Acaso aquel empeño en pasar tantas horas a su lado, era una forma de acallar la mala conciencia. Le querías, pero desde tiempo atrás no lo amabas. Tal vez si no fuese por su enfermedad no estarías con él. Y a la memoria vinieron las palabras del poeta chileno: Se había separado de su mujer… estaba solo y jodido… le quedaba poco tiempo. También sabías tú que a él le quedaba poco tiempo y no se hubiera merecido pasar solo aquel calvario.

Una brisa llevaba hasta ella el olor de las camelias del jardín cercano. Aquel aroma le despertó gratos recuerdos… promesas de verano, días azules, viajes… Tiempos felices. Respiró hondo, se arrebujó en la chaqueta y miró a las estrellas… Los sueños, ajenos a la enfermedad, acudían cada noche…. Consultó la hora, habían pasado veinte minutos… ¿Podría hoy conciliar bien el sueño?... Estaba sedado, pero los calmantes cada vez hacían menos efecto. Intentaste templar tu ansiedad apartando de la mente dolorosos pensamientos. Apuraste la infusión y diste una última calada al cigarrillo, y ya te disponías a marchar cuando un hombre alto y corpulento se sentó a tu lado.
Aquella misma noche hicieron el amor en los lavabos de la planta baja. Con prisa, con urgencia, con ansiedad. No intercambiaron palabras, ni siquiera se dijeron sus nombres. Ella no recuerda cuando él, entre gemidos, pronunció el suyo mordiéndole los labios, engastándole las nalgas con poderosas manos, mientras las de ella se aferraban a la nuca de él y sus muslos encajaban las caderas masculinas. Tampoco recuerda qué noche ella pronunció el nombre de él. Recuerda, sí, recuerda, el contacto frío de los azulejos en su espalda y la tibieza del esperma humedeciendo su sexo y resbalando por sus muslos.

-III-
Mientras caminaba por el pasillo, se sintió confusa y desconcertada. En los breves encuentros que habían mantenido a lo largo de aquellas tres semanas no hubo preguntas, fue un acuerdo tácito entre ellos. Por tanto, nada se debían. Pero no pudo evitar sentir cierto vacío, cierta decepción y melancolía después de varios días de ausencia sin que hubiera mediado una explicación o al menos una despedida. Te preguntabas si aquellos dos desconocidos que se habían encontrado por azar, eran algo más que dos extraños que compartían una afición por los libros, algo más que dos seres urgidos por deseos puntuales y unidos circunstancialmente por la necesidad de aliviar la angustia y la soledad… En realidad, nada sabía de él a parte de su nombre, sus gustos literarios y de que era un anodino traductor… Sin embargo intuía que no sería fácil desprenderse de él. Y recordaste, sí, recordaste, su tacto, su olor, las manos de él recorriendo tu cuerpo.

Cuando entró en la habitación, lo vio dormido. Desde los pies de la cama lo observó. Los rasgos de su rostro se habían aflojado, pero sus ojos se contraían por momentos en un tic nervioso y la boca se tensaba en un rictus de dolor. Su respiración era fatigosa y los brazos flacos y amoratados descansaban sobre las sábanas con las palmas de las manos extendidas hacia arriba. Con delicadeza, acariciaste aquel cuerpo consumido, luego comprobaste los goteros y las vías y lo arropaste. En ese momento, abrió los ojos y con voz débil te pidió un vaso de agua. Cuando se incorporó para beber, apuntó con la barbilla hacia la repisa de la ventana y dijo: Han traído un libro para ti. Te lo dejaron en recepción.

Te acercaste a la ventana y tomaste el libro entre las manos. Tus dedos rozaron levemente las tapas mientras sentías un estremecimiento y una amalgama de sentimientos contradictorios se agitaban en tu interior. Luego lo abriste por la página que indicaba un marcador y en él, con letra casi ilegible, alguien había escrito: “Puedes quedártelo. O devolvérmelo”. Entonces buscaste en las primeras páginas esperando encontrar un nombre conocido y unos apellidos ignorados. Y en el reverso de la cubierta viste un grabado: un águila en posición frontal que sostenía un libro entre sus alas extendidas. En la parte inferior la siguiente leyenda: Ex Libris /Biblioteca Voltaire.
Entornaste los ojos y permaneciste un rato contemplando la vista que se ofrecía tras el ventanal, la luz brillante de la tarde, los niños corriendo en el parque, los árboles, el sol, la gente en las terrazas de los cafés... La vida discurriendo al otro lado del cristal.
Ahogaste un suspiro, tomaste aliento y abriste la ventana.
***
Les dejo un par de enlaces por si quieren ver diferentes Ex Libris:

4 de agosto de 2009

Los Besos Prohibidos

El beso, Monserrat Gudiol


Versos con lengua

Y la tarde se hizo deseo

en la caricia de tus manos

tactos de musgo y seda

entre mis piernas.

Y el amor fue de tu boca de agua

versos con lengua en mi boca de niebla

que besó el poema con ávidos labios.

Y la tarde fue deseo

manos tactos bocas

versos lengua labios

en la penumbra de la última fila

de un cine de barrio.



29 de julio de 2009

A perspectiva amorosa



"Amor, a ti me veñh’ora queixar
de mía senhor, que te faz enviar
cada u dormio sempre m’espertar
e fazme de gram coita sofredor.
Pois m’ela nom quer veer nen falar,
que me queres, Amor ?"
Fernando Esquio

A Tórtola, por me tirar sempre do maxín.
E a Manuel Rivas por convocar tantas líricas pantasmas.

(Les ofrezco la versión castellana al final)
- I -
Naquel cálido inverno austral, en torno da mesa dun café, convocáronse todas as pantasmas que a última hora decidiu meter na maleta. Foi un impulso o un instinto de supervivencia o un por “siascaso”… por si o bicho morriñento que nos inocularon aos que nacemos nesta beira a aguilloaba.
E así foi que, chegada á terra onde moraban Traucos e Pincoyas arrodeados de mar e bosques de aromos dourados, deixábase acompañar á hora do café por O’Rivas, que deitaba ao seu oído: “Que me queres amor”. Daquela prendía no limiar dunha xanela atrapada pola luz e a albura do líquido níveo que verquía o xerro de zinc de A leiteira de Vermeer, e daqueloutra leiteira -eran cuspidiñas, “dúas pingas de leite” que dicía O’Rivas-, que tiña habitado nos verdes campos do aíllado paraíso dos Comedores de patacas.
Cando daba un sorbo ao café, envisaba os ollos naqueloutra fiestra que enchía a ollada dun intenso e salgado azul do Pacífico racheado daquelas horas polo prata iridiscente do espello do mediodía. Entón albiscaba ao lonxe o barco pirata onde ían o Saxofonista Namorado cabo de Santa Marta de Lombás, o Mestre Republicano cara o paredón, e o Mero, un Tutsitala que se convertía en mariñeiro cando lembraba as aventuras transoceánicas -nunca vividas- na taberna de Sherezade. E no medio de todas aquelas pantasmas, Ela estaba, lonxe, moi lonxe, no país de Maconcón, buscando unha pedra intacta (o un castelo magrittiano suspendido no ar) antes de que o mundo xa existise.

-II-
Regresou hai tempo do cálido inverno austral e coidou atopar nestoutra beira esa pedra que gravita cunha incrible e imposible levedade no aire, esa pedra sobre a que Magritte construi un castelo e á que a forza da gravidade parece atraer inexorablemente cara a terra ou o mar, porque como o di o refrán: “As cousas caen polo seu propio peso”.Ela mira as incisións da pedra, como as enrugas da frente dun home, e, calada, esculca polo buraco dunha pechadura onde cre ver o profundo do ser, aínda que o que (aparentemente) máis luz aporte sexa a marabilla dourada da flor dun aromo.


A perspectiva amorosa, René Magritte

Pero non. Ela é teimuda, e no silencio sigue a asexar unha triloxía magritiana polo ollo da pechadura. E coida que alí, ao fondo, agachada baixo as raíces da árbore e no contorno do halo de luz que a arrodea, está a pedra intacta con aqueles marcados e profundos surcos que se revelan na parte frontal e onde a levedade parece non ter lugar. Mais, xa non sabe.

Notas:
-A leiteira de Vermeer, título dun cadro de J.Vermeer e dun conto de Manuel Rivas en Que me queres amor, edit. Galaxia, Vigo 1995
-Os comedores de patacas, cadro de Van Gogh e título dun libro de Manuel Rivas.
-O Saxofonista Namorado, personaxe do conto de Rivas Un saxo na néboa en Que me queres amor
-O Mestre Republicano, personaxe do conto A lingua das bolboretas en Que me queres amor
-O Mero, personaxe do conto O’ Mero en Ela, maldita alma, Manuel Rivas, edit. Galaxia, Vigo 1999
Les dejo unas imágenes de La lengua de las mariposas, película dirigida por José Luis Cuerda y basada en tres relatos de Manuel Rivas: La lengua de las mariposas, Un saxo en la niebla y Carmiña de Sarandón.


La perspectiva amorosa
- I -
En aquel cálido invierno austral, en torno a la mesa de un café, se convocaron todos los fantasmas que a última hora decidió meter en la maleta. Fue un impulso o un instinto de supervivencia o un por “siacaso”… por si el bicho morriñento que nos inocularon a los que nacimos en esta orilla la aguijoneaba.
Y fue así que, llegada a la tierra donde moraban Traucos y Pincoyas rodeados de mar y bosques de aromos dorados, se dejaba acompañar a la hora del café por O’Rivas que susurraba a su oído : “Que me queres amor”. Entonces se detenía en el umbral de una ventana atrapada por la luz y la albura del líquido níveo que vertía el jarro de zinc de La lechera de Vermeer y de su gemela -eran igualitas, “dos gotas de leche” que decía O’Rivas-, otra lechera que había habitado en los verdes campos del aislado paraíso de Los comedores de patatas.
Cuando daba un sorbo al café, ensimismaba la mirada en otra ventana que henchía los ojos de un intenso y salado azul del Pacífico racheado a aquellas horas por el plata iridiscente del espejo del mediodía. Era cuando avistaba en la lejanía el barco pirata donde íban el Saxofonista Enamorado hacia Santa Marta de Lombás, el Maestro Republicano hacia el paredón, y El Mero, un Tutsitala que se convertía en marinero cuando recreaba las aventuras transoceánicas -nunca vividas- en la taberna de Sherezade. Y en medio de todos aquellos fantasmas, ella estaba, lejos, muy lejos, en el país de Maconcón, buscando una piedra intacta (o un castillo magrittiano suspendido en el aire) antes de que el mundo ya existiese.

-II-
Regresó hace tiempo del cálido invierno austral y creyó encontrar en esta orilla esa piedra que gravita con una increíble e imposible levedad en el aire, esa piedra sobre la que Magritte construyó un castillo y a la que la fuerza de la gravedad parece atraer inexorablemente hacia la tierra o el mar, porque como dice el refrán: “Las cosas caen por su propio peso”.
Ella mira las incisiones de la piedra, como las arrugas de la frente de un hombre, y, callada, espía por el agujero de una cerradura donde cree atisbar lo profundo del ser, aunque lo que (aparentemente) más luz aporte sea la maravilla dorada de la flor de un aromo.
Pero no. Ella es testaruda, y en el silencio sigue observando una trilogía magritiana por el ojo de la cerradura. y piensa que allí, al fondo, oculta bajo las raíces del árbol y en el contorno del halo de luz que lo rodea, está la piedra intacta con aquellos marcados y profundos surcos que se revelan en la parte frontal y donde la levedad parece no existir. Mas, ya no sabe.

25 de julio de 2009

O Faro de Hércules*




“Ben pensado, sempre foi así. O poder en Galicia case sempre falou a Neolingua, mentras o pobo falaba linguas”
A Neolingua en Neogalicia
, Manuel Rivas (El País, sábado 25 de Xullo 2009)

“Bien pensado, siempre fue así. El poder en Galicia siempre habló la Neolingua, mientras el pueblo hablaba lenguas”.

Shandy bien podría escribir una entrada sobre el “Conflicto lingüístico” suscitado en Galicia en los últimos meses. La polémica surge a raíz de la posibilidad, planteada por el gobierno del Partido Popular, de la supresión de la prueba de gallego en las oposiciones a la Xunta de Galicia. También por la consulta hecha a los padres para que elijan en qué lengua quieren que estudien sus hijos durante la etapa de la enseñanza obligatoria . Pero para no tener el mal gusto de repetirme, les dejo un enlace (pinchen aquí) con un artículo publicado en La Voz de Galicia el 14 de julio. Les remito a él porque recoge muy bien el parecer de ésta que escribe con respecto al tema. Y para los que desconozcan la lengua gallega, les ofrezco en esta página la traducción:

¿Conflicto lingüístico?
“Comencemos por reconocer que vivir en un país con dos lenguas no sólo no es un problema, sino que debe ser una oportunidad. De hecho, la inmensa mayoría ciudadana de Galicia convivió sin problemas lingüísticos. Y si la ciudadanía vive ajena al aparente problema de la lengua, cabe pensar que el enfrentamiento es provocado voluntariamente por la dinámica electoral, con la finalidad de recoger unos pocos votos entre quien se muestra más beligerante, sin importar que sea a costa de interpretar la legislación de manera más que torticera.
El Estatuto de Autonomía establece como lenguas oficiales de nuestra comunidad el gallego y el castellano y, en consecuencia, el derecho de sus ciudadanos a conocerlas y usarlas. Los poderes públicos tienen, pues, el deber de garantizar los derechos de la ciudadanía y facilitar el conocimiento de los dos idiomas en igualdad de condiciones.
Darle al gallego en el acceso a la función pública un tratamiento de lengua extranjera no es una buena manera de garantizar estos derechos. Además, las empleadas y empleados públicos se seleccionan por principios de capacidad y mérito, sin que el principio de igualdad se vea comprometido por el hecho de que se le exija el conocimiento de la lengua propia de Galicia. Veintinueve años después de promulgado el Estatuto y establecida la oficialidad de los dos idiomas, el tratamiento diferenciado en el acceso supone una manifiesta toma de postura preferente a favor de una de las lenguas. Igual consideración podemos hacer en el ámbito de la enseñanza. La oficialidad de las dos lenguas viene dada por el Estatuto de Autonomía, por lo que es un deber de los poderes públicos facilitar su conocimiento, dándoles en la enseñanza obligatoria un tratamiento igualitario. Serán luego los ciudadanos y ciudadanas adultas quienes decidan cual quieren usar.
La trampa de «libertad de elección” implica la voluntad expresa del poder público de renunciar al cumplimiento de una obligación impuesta por el Estatuto, que es facilitar el conocimiento de las dos lenguas y, por tanto, un tratamiento igualitario a la hora de enseñarlas. No concebimos que, por ejemplo, se consulte en la enseñanza obligatoria sobre que se estudie o no se estudie matemáticas, entendiendo que se trata de una materia fundamental.
¿Cómo se puede en estas circunstancias hablar de «armonía», «amabilidad» y otras sutilezas aparentemente bien intencionadas? ¿Cómo podemos hablar de consenso cuando, de hecho, pretenden imponer las posturas más radicales en una de las direcciones?
Sería deseable que retornase la cordura. UGT y CC.OO. creemos firmemente que el gallego nunca debería haber sido utilizado como un instrumento de confrontación o fractura social, ni como bandera exclusiva, diferenciadora o elemento de discriminación. Deberíamos entre todos tratar de lograr que cualquier modificación sobre el decreto del uso del gallego en la enseñanza cuente con el consenso de la ciudadanía y de sus legítimos representantes políticos y sociales”.

Xosé Manuel Sánchez Aguión e José Antonio Gómez Gómez (La Voz de Galicia, 14 de julio de 2009)
Y les dejo con unas palabras tomadas del mismo artículo que la cita que encabeza esta entrada:
“A Unesco declarou o Faro de Hércules Patrimonio da Humanidade. O faro é un monumento con vida. Segue a traballar, a comunicar,cunha luz que non discrimina,que alumea para todos. É o símbolo do universal: o local sen paredes”
A Neolingua en Neogalicia
, Manuel Rivas (El País, sábado 25 de Xullo 2009)

“La Unesco declaró el Faro de Hércules Patrimonio de la Humanidad. El faro es un monumento con vida. Sigue trabajando, comunicando, con una luz que no discrimina, que alumbra para todos. Es el símbolo de lo universal: el local sin paredes”

*Faro de Hércules: faro y torre situado en la ciudad de A Coruña, Galicia. Fue declarado el 27 de junio de 2009 Patrimonio de la Humanidad.


21 de julio de 2009

Café con Letras




Una gota de café

En ese libro, que me prestaste,
una gota de café hiere para siempre
el blanco y negro de un poema
¡Qué torpe descuido el mío!
-pienso-,
teniendo en cuenta que siempre
fuiste remiso a dejarme tus libros.

Tú, lector metódico,
de sillón ,
de casa silenciosa,
de horas lentas y espaciadas,
cuidas el preciado habitáculo de las letras.

Yo, anárquica lectora,
de parque, de café,
de terraza de verano,
doblo las esquinas de sus hojas,
rozo sus cantos, agrieto sus tapas.

Siempre recriminaste esa “Mala costumbre” mía.

Ya sé que se mezclan y se baquetean en mi mochila
con la libreta de notas, el paquete de tabaco,
la barra de labios, la crema solar…
Pero me gusta sentirlos cerca,
son mi equipaje, mis amuletos,
mis muletas, un antídoto
contra la soledad.

Por eso,
cuando te devuelva tu libro,
te invito a pensar que esa gota de café
es el mudo testigo de un feliz instante
en una terraza de verano
mientras el tiempo se consume
en la lectura de un poema,
el humo de un cigarrillo
y el sabor de una taza de café.

15 de julio de 2009

Mirando a La Gioconda III

Mona Lisa sintetizada, Jean Pierre Vasarely

"Yo hice el arte moderno maquillando expresiones milenarias, me robé el pasado y lo vendí como algo inédito”
Pablo Picasso
(Les dejo un enlace con el Museo Virtual de Picasso donde podrán ver sus paráfrasis)

Mirar a La Gioconda y hacerse preguntas da para más de una trilogía. Pero, so pena de aburrirles, remataré con una selección de otras creaciones artísticas que parafrasearon a la madona de Leonardo da Vinci. Desde una imitación anónima del sigo XVI, pasando por el Ready-made duchampiano, la composición surrealista de Fernand Léger, la reinterpretación boteriana de una adolescente Mona Lisa, las serigrafías del padre del Arte pop, hasta la versión abstracta de Jacinta Gil Roncalés.


1-Imitación

La Gioconda, copista anónimo del siglo XVI (Museo del Prado)


2-Resemantización, provocación, parodia, desacralización… sea lo que fuere, yo me quedo con esta confesión que Duchamp hizo sobre sus Ready made: “Es un jueguecillo entre yo y mí”. Si Rose Sélavy (imagen derecha) fue el alter ego femenino de Duchamp, L.H.O.O. Q (1919), que significa traducido del francés “Ella tiene el culo caliente”, bien podríamos considerarla como el “Alter ego” masculino de La Gioconda. Esto, si consideramos las palabras del dadaísta: “No es una mujer disfrazada de hombre, es un hombre auténtico y ese fue mi descubrimiento”. Claro que a Duchamp le iba la provocación a las miradas ortodoxas y pretendía evitar “El culto a la unicidad del arte escrito con A mayúscula”.



3-Construcción

La Gioconda con llaves (1930), Fernad Léger




4-Reinterpretación

La Mona Lisa a los doce años(1961), Fernando Botero



5-Reproducción serigrafiada
( El padre de la modernidad reconoció que él era defensor de “El negocio del arte” y “El arte del negocio”)


Mona Lisa (1963) Andy Warhol


6-Deconstrucción y reconstrucción


La Gioconda (1999), Jacinta Gil Roncalés

2 de julio de 2009

Mirando a La Gioconda II





"El hombre no puede empezar de la nada. Tiene que empezar con cosas ya hechas, como lo son, incluso, su propia madre y su propio padre".
Marcel Duchamp

“Bien, había tocado el Santo –y ni siquiera eso- . ¿Y ahora qué?”
Shandy

Sin el permiso del señor Duchamp recojo sus palabras, y sin la licencia de ustedes me cito a mí misma. Porque de esa pregunta que me hice intentando avistar a La Gioconda en el Louvre muchos años atrás (vid. entrada anterior), han surgido todas estas elucubraciones. Es como lanzar una piedra al río, una china que va dando saltitos, y cuando en su amerizaje definitivo impacta sobre el agua, se van formando círculos concéntricos que se expanden y se agrandan.
No se me olvida que quiero mostrarles otras paráfrasis de La Gioconda, pero dejen que la piedra vaya dando saltitos y ya veremos dónde aterrizamos. Permítanme despegar con un poco de ritmo. Escuchen este tema. Y si se les ponen los pies redondos, pues échense un bailecito con esta versión de Mona Lisa de Jerry Lee Lewis (la letra, de Nat King Col, se la dejo traducida)



Mona lisa, mona lisa, te han llamado los hombres
Te pareces tanto a la dama de la sonrisa mística
¿Es sólo por que estás sola que te han culpado?
¿Es por eso que tienes, mona lisa, esa extrañeza en tu sonrisa?

¿Sonríes para tentar a algún enamorado Mona lisa?
¿O es esta tu forma de ocultar un corazón roto?
Muchos sueños han traído a tu umbral
Solo fueron mentiras y murieron ahí
¿Eres cálida, eres real Mona lisa?
¿O solo una fría y solitaria adorable obra de arte?

¿Sonríes para tentar a algún enamorado Mona lisa?
¿O es esta tu forma de ocultar un corazón roto?
Muchos sueños han traído a tu umbral
Solo fueron mentiras y murieron ahí
¿Eres cálida, eres real Mona lisa?
¿O solo una fría y solitaria adorable obra de arte?

Mona lisa, mona lisa

Ahora, para relajarse y que dejen de moverse en la silla que sustenta sus posaderas (no me dirán que han permanecido como esfinges, ¿verdad?), pueden escuchar el tema en la voz de su autor. Yo, se lo recomiendo.


Me gusta la canción y las preguntas que se hace Nat King Cole “¿Eres cálida, eres real Mona lisa? ¿O solo una fría y solitaria adorable obra de arte?” Yo me respondo que la madona hace tiempo dejó de ser “Sólo una fría y solitaria obra de arte” para convertirse en un símbolo de una extraña e inaprensible belleza que ha traspasado el tiempo, un imán poderoso que ha suscitado curiosidad por su sonrisa, su mirada y muchos otros enigmas que se ciernen sobre el cuadro y la modelo. Tanto nos han hablado de su misterio y tantas obras de arte ha inspirado que nos predispone a la curiosidad sobre ella y más allá de ella.
El argentino César Aira se ha preguntado qué distintos destinos podrían tener las gotas de óleo si se escapasen del cuadro del Louvre y surgió una novela corta: Mil gotas (Buenos Aires, Eloísa Cartonera, 2003). Tiempo atrás, allá por el 1977, dos cineastas españoles se preguntaron qué pasaría si la sonrisa de La Gioconda misteriosamente desapareciese, sí, si se borrase como en un Sfumatto de sus labios y brotasen lágrimas de su mirada melancólica. Pues Antonio Mercero y José Luis Garci se lo imaginaron. Y el resultado fue una magnífica metáfora, una película de género fantástico titulada La Gioconda está triste (1977). Si tienen curiosidad y paciencia, la pueden ver completa en Youtube. Es un cine muy narrativo, sobrio y de ritmo lento que resulta difícil de ver para espectadores de hoy acostumbrados a la rapidez de planos y secuencias. Pero merece la pena dedicarle un tiempo. Pinchen aquí si quieren ver la primera parte. Y no puedo sustraerme a invitarles a que escuchen esta otra Mona Lisa de Jesse Malin, es refrescante. Hay un vídeo mucho más sofisticado, pero yo prefiero las actuaciones en directo aunque el sonido no sea tan depurado.

Como ven, el arte remite al arte y las distintas artes se alimentan entre sí. Pero ya he pegado unos cuantos saltos y el aterrizaje será forzoso en la próxima entrada, una tercera parte con pintores que parafrasearon al famoso retrato. Uf, mirar a La Mona Lisa de Leonardo da Vinci y apartar las cortinas de La Gioconda de René Magritte, es encontrarnos con un vasto Mar. Y si lanzamos una piedra al río…


26 de junio de 2009

Mirando a La Gionconda


“Esa sonrisa es burla. Burla de mí y de todos
los que creemos que creemos que
la cultura es un líquido que se bebe en su fuente
un síntoma especial que se contrae
en ciertos sitios contagiosos, algo
que se adquiere por ósmosis”.
("Mirando a la Gioconda",
Rosario Castellanos)


Los elementos que aparecen en la imagen superior son frecuentes en el mundo pictórico del autor del cuadro: cortinas recogidas, una esfera, un recorte de cielo con nubes y un horizonte abierto al mar. Todos ellos son propios y nos remiten al peculiar universo del surrealismo de René Magritte. Pero quizás lo más surrealista que se nos ofrece no es la composición, sino el título elegido para ella: La Gioconda. Sólo un capricho o un juego intelectual por parte del pintor pueden explicar la elección de ese título, pues nada hay en él que pueda sugerirnos a la dama "alegre" retratada por Leonardo da Vinci. A parte de producir extrañamiento y desconcierto ¿qué es lo que pretende Magritte con la elección del título para esa onírica composición? Les dejo esa pregunta. Mi respuesta a ella tal vez está implícita en el texto que sigue:

Decía Simone de Beauvoir en La edad de discreción que “Ver cosas es ocioso. Tiene que haber un proyecto o una pregunta que nos ponga en relación con ellas”. Y es que a veces creemos que con llegar y tocar el santo ya podemos darnos por satisfechos. Así, por ejemplo, vamos a la Catedral de Santiago, metemos los dedos en los agujeros del “Santo de los croques”(1), golpeamos tres veces la cabeza contra la piedra granítica – la mayoría sin saber a cuento de que- y ya creemos que estamos nimbados. Claro que si nos hacemos una pregunta, una tonta preguntita, nos damos con un canto en la cabeza y salimos con un metafórico chichón para el que nos aplicamos la pomada del adjetivo “Imbécil”. Por borregos.

Les diré que algo muy parecido a lo que describen los versos de Rosario Castellanos que encabezan la entrada,“Mirando a la Gioconda”, experimentó una Shandy veinteañera delante de ese pequeño cuadro que está en el Louvre protegido por un grueso cristal antibalas. Una sensación de frustración cuando, después de “Faire la queu” -algo que detesto, aunque en aquel tiempo era más sacrificada- y de amasarme en un día asfixiante de calor entre otros cándidos turistas, me esforzaba yo en auparme en las puntas de los pies y , desde la distancia (¿unos ocho metros?), adivinar la mirada misteriosa y la benevolente sonrisa de burla de una de las pinturas más famosas de la historia del arte: ¡ La Mona Lisa o Gioconda, de Leonardo da Vinci! Bien, había tocado el Santo –y ni siquiera eso- . ¿Y ahora qué?

Disculpen la larga y desconcertante introducción de esta entrada. Pero no se apuren, que yo sí les voy a dejar tocar el Santo. Porque mi Santo de hoy es mostrarles un microrrelato que desencadenó toda esta reflexión y trajo a la memoria las palabras de Simone de Beauvoir y el misterioso cuadro de Magritte. Por supuesto que son asociaciones imprevistas y subjetivas. Y no se extrañen, que ya saben que los mundos interiores de cada cual y los prejuicios son así de caprichosos.

El cuentito que les dejo al final se titula también La Gicoconda, y, como buen micro, se presta a distintas interpretaciones. En principio se presenta como la búsqueda de una pintura y la génesis de su creación. Pero también se puede entender como la metáfora de una actitud ante la vida. En el protagonista de este breve relato hay una conciencia clara y una férrea voluntad de descubrimiento, de indagar y encontrar por sí mismo a riesgo de perecer en distintas batallas. En esa búsqueda incesante de un Maravilloso cuadro reside un proyecto y unas preguntas que yo asocio a las palabras de Simone de Beauvoir. Se podría pensar que la búsqueda afanosa de algo muy concreto puede ser inútil, porque en la vida no se trata de encontrar ningún Santo Grial, y además la no satisfacción de un único deseo puede conducir a la frustración. Pero es que la Gioconda de este cuento se nos ofrece como un “Mar”, y pienso yo en el Mar de Kavafis en el que hay tantas Ítacas a las que abordar. Esta Gioconda es uno y mil deseos, uno y mil proyectos, algo que nos impulsa a luchar, a caminar, a amar y a buscar y encontrar por nosotros mismos sin ser conducidos como ovejas del rebaño. En cuanto a la estructura del cuento me llama la atención la capacidad de síntesis de su autor, que en pocas palabras describe la historia de toda una vida. Sólo hay cuatro adjetivos, tres de ellos referidos al cuadro con una fuerte intensidad semántica: "Maravilloso, Fabuloso, Soñado". Las oraciones yuxtapuestas y verbos de movimiento imprimen un ritmo rápido y las estructuras sintácticas paralelístiscas confieren el ritmo poético. Observen como se va encadenando el relato con la conjunción adversativa “Pero”.


Y ya me callo. Les dejo con el microcuento y el poema completo de Rosario Castellanos. Ah, se me olvidaba decirles que en la próxima entrada les mostraré otras Giocondas que parafrasearon a la de da Vinci. Hoy sólo me apetecía imaginar detrás de las cortinas y del cielo de Magritte y entretenerles adivinando a La Mona Lisa en los escritos de Cesar Fernández Moreno y Rosario Castellanos.

LA GIOCONDA

Supo que había un cuadro maravilloso llamado la Gioconda. Pero quería descubrirlo por sí solo. Se dedicó, desde muy joven, a ignorar la historia y la geografía. Un día partió a recorrer mundo en busca del fabuloso cuadro. Recorrió tiempos y ciudades, entró en palacios y mesones, agotó galerías agobiadas de obras magníficas. Pero ninguno era la Gioconda.
Muchas veces estuvo por abordar a los guías y preguntarles de una vez dónde hallar el soñado cuadro. ¡Era tan sencillo que lo tomaran de la mano y lo dejaran frente a ese mar!
Pero siguió buscando por sí solo. Amó a muchas mujeres cuyos ojos le parecían los de la Gioconda. Luchó con hombres en cuyos labios presentía la sonrisa de la Gioconda.
Llegó un momento en que el mundo ya no tenía secretos para él. Pero nada sabía aún de la Gioconda. A la sazón, había llegado a Florencia a principios del XVI.
Entonces desesperado pintó la Gioconda.


Mirando a la Gioconda

(En el Museo del Louvre, naturalmente)

¿Te ríes de mi? Haces bien.
Si yo fuera Sor Juana
o la Malinche o, para no salirse del folklore,
alguna encarnación de la Güera Rodríguez
(como ves, los extremos, igual que Gide, me tocan)
me verías, quizá, como se ve
al espécimen representativo
de algún sector social de un país del Tercer Mundo.

Pero soy solamente una imbécil turista de a cuartilla,
de las que acuden a la agencia de viajes para que
les inventen un tour. Y monolingüe
¡para colmo! que viene a contemplarte.

Y tú sonríes, misteriosamente
como es tu obligación. Pero yo te interpreto.

Esa sonrisa es burla. Burla de mí y de todos
los que creemos que creemos que
la cultura es un líquido que se bebe en su fuente
un síntoma especial que se contrae
en ciertos sitios contagiosos, algo
que se adquiere por ósmosis.

Cesar Fernández Moreno, “La Gioconda” en Cuentistas hispano-americanos en La Sorbona, antología de Olver Gilberto de León, Barcelona, Ediciones Mascarón, 1983

Rosario Castellanos, “Mirando a la Gioconda” en Poesía no eres tú, obra poética 1948-1971, Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, México, 1972.

(1)Santo de los croques (Santo dos croques): pequeña escultura perteneciente al Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, creada por el Maestro Mateo. Representa a un hombre arrodillado que, de espaldas a las demás esculturas, parece estar rezando. Existe una antigua tradición de los estudiantes de la Universidad de Santiago de chocar sus cabezas tres veces contra esta escultura para que les transmita sabiduría.

18 de junio de 2009

II Don Juan Tenorio/ Giacomo Casanova


"Sevilla a voces me llama
el burlador, y el mayor gusto
que en mí pueda haber
es burlar a una mujer
y dejarla sin honor".
Don Juan ( El burlador de Sevilla)

"Las dejé bien servidas"
Giacomo Casanova

Decía en la entrada anterior que Giacomo Casanova y Don Juan Tenorio -además de otros contrastes comentados -encarnaban mitos eróticos diferentes. Adelantaba también, que es en el modo de seducir y en la finalidad de la conquista donde se manifiestan estas diferencias (fíjense en las citas que encabezan la entrada, en las palabras de ellos se observan dos actitudes bien distintas hacia lo femenino). Partiendo de las diferencias apuntadas, analizaré a cada uno de estos personajes. Al final describiré algunas características que, a mi juicio, siguen manteniendo los varones que hoy merecen estos calificativos.


1-Don Juan Tenorio

La finalidad de la conquista
Don Juan, como caballero español y católico, entiende que el amor fuera del matrimonio es pecado y, desde esta perspectiva, la mujer es vista como un ser diabólico que encarna la tentación. Por otra parte, conceptos como honra y honor son valores importantes en la sociedad de la época, especialmente para lo femenino, y el desafío y la transgresión de ellos es atractiva para un hombre arrogante y provocador como Don Juan. Así, la finalidad que mueve al Tenorio en la conquista, no es tanto el goce sexual como demostrarse a sí mismo que es capaz de vencer la resistencia de cualquier mujer para arrebatarle su honra y comprometer el honor del hombre o la familia a la que pertenece.

La manera de seducir
Para alcanzar su objetivo nada le detiene, y no duda en traicionar a un amigo, recurrir al engaño y a la mentira, o a falsas promesas de amor perdurable y matrimonio (en el caso de mujeres nobles, amparado en la oscuridad de la noche, se hace pasar por los prometidos o amados de ellas. En el caso de las plebeyas, recurre a promesas de matrimonio sabiendo que la sociedad de la época no aceptaría la unión entre un noble y una plebeya).
En cuanto a la conquista, la mujer ha de presentarse como un reto difícil, pues el disfrute de Tenorio será mayor cuanta más oposición reciba por parte de lo femenino. Pero una vez que ha conseguido seducir y enamorar a la mujer, pierde el interés por ella y necesita de una nueva víctima. La mujer abandonada, desposeída de su honra y comprometido su honor, se siente burlada y humillada y además experimenta un sentimiento de dolor, frustración y desesperación. Porque Don Juan ha penetrado en el alma de ella y ha creado una dependencia emocional al despertar un sentimiento y una pasión que van más allá de lo puramente físico. Es por esto que las mujeres ven en Don Juan un enemigo del que deben huir y protegerse.
Se podría concluir que Don Juan es un hombre que no ama a las mujeres y al que tampoco interesa el amor. Lo que busca es rebelarse contra un código de valores y satisfacer su vanidad y su ego personal. Es un varón deshonesto y perverso que seduce con el engaño y la mentira y no le importa el dolor ni la infelicidad que pueda provocar.



2-Giacomo Casanova

La finalidad de la conquista
Para Casanova no hay nada en esta vida más importante que las mujeres. Por ellas está dispuesto a abandonar cualquier cosa, aunque el sentimiento que despiertan en él no es un amor espiritual y romántico, sino puramente físico y sexual. Casanova es un hombre obnubilado por lo femenino, un ser instintivo que ama y desea a las mujeres y se rinde a ellas, pero en cuanto seres eróticos, hembras que le dan placer sexual, pues éste es el máximo goce que un hombre como él puede experimentar en esta vida. La finalidad de sus conquistas no es, como en el caso de Don Juan, burlar a la mujer y arrebatarle la honra o el honor, conceptos que no rigen ni tienen valor en la vida del veneciano, sino dar y recibir el máximo placer físico. Lo que él ofrece es cuerpo a cambio de cuerpo, disfruta de y con las mujeres y se deleita entregándose a ellas y dándoles placer. Si en el caso de don Juan la oposición de la mujer era un incentivo para la conquista, en el caso de Casanova la mujer más adecuada es aquella que no ofrece resistencia, aquella que antes se entrega a la desnudez. Además, no repara en cuestiones físicas, ni de edad ni clase social. Para él es tan sublime una jorobada como una hermosa mujer, una vieja recia como una joven muchacha, una prostituta o una dama con título nobiliario.

La manera de seducir
En la conquista Casanova pone en juego sus dotes de seducción, es un pavo real que despliega sus habilidades para la danza, la música o la palabra. Se muestra como un caballero galante que recurre a la adulación y al halago fácil, ofrece regalos y derrocha sensualidad. Pero no promete más de lo que puede ofrecer, no engaña ofreciendo matrimonio ni promesas de amor, ofrece el placer físico y cumple: "Las dejé bien servidas". Desde luego que Casanova no es deseado por las mujeres como marido, pero sí como amante, porque es el macho vigoroso, incansable e insaciable que siempre está dispuesto y cumple lo que promete.
Se podría concluir que Casanova conquista y seduce sin destruir porque no provoca dolor ni frustración, su erotismo es más frívolo y no penetra en el alma femenina. Si las mujeres seducidas por Don Juan se previenen contra él, a Casanova se lo recomiendan y lo comparten porque despierta en ellas la voluptuosidad, las desinhibe y las hace felices al ofrecerles un gran placer físico.


3-La contemporaneidad de los mitos

Si actualizamos a ambas figuras como mitos de la seducción, tendríamos a dos atractivos varones que, en esencia, siguen manteniendo características que identifican y oponen a los personajes de los que toman sus nombres.
El Don Juan de hoy es un hombre enamoradizo, cínico y narcisista que entiende la conquista como un reto y una competición, disfruta con la oposición de lo femenino menospreciando a la que él tilda de “mujer fácil”. Es celoso, posesivo y acaparador mientras está en el cortejo. No tiene escrúpulos y todo vale con tal de alcanzar el objetivo que se propone. No le importa traicionar al amigo ni engañar a las mujeres a las que habla de amor perdurable sabiendo que miente. Encadena una conquista con otra y alardea de ellas porque en ello basa su afirmación y autoestima personal. Es un hombre deseado pero también odiado porque genera expectativas y crea una dependencia emocional que conduce a la frustración y a la infelicidad.
En cuanto al Casanova contemporáneo, tampoco tiene nada de romántico ni sentimental. Es un hombre primordialmente instintivo y carnal que no puede resistir el encanto de la pluralidad de lo femenino y se rinde con gusto y facilidad ante la primera que está disponible. Le gusta seducir y ser seducido y, en algunos casos, no le importa compartir ni ser compartido para alcanzar su objetivo. Un Casanova no entiende de amor perdurable ni compromisos, ama a las mujeres en cuanto encarnan el deseo y el goce físico, pero tiene a su favor que ofrece sensualidad y placer. En este sentido hace felices a las mujeres y por esto es apreciado como buen amante.

Y digo yo que habelos, haylos. A un Don Juan hay que temerle y huirle, es un embaucador que no tiene en cuenta los sentimientos ajenos y destruye lo que dice amar. De entrar en el juego de un Casanova hay que esperar sólo lo que él está dispuesto a dar y ofrecer, cuerpo y placer físico.

Les dejo dos vídeos. El primero son escenas de una adaptación de la obra de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla, para TVE. El segundo pertenece a la película El Casanova de Federico Fellini.







6 de junio de 2009

I- Don Juan Tenorio/ Giacomo Casanova





¡Qué largo me lo fiáis!
Don Juan (El Burlador de Sevilla)

Después de esto no hay probablemente nada
Giacomo Casanova


La figura literaria de Don Juan nace con El Burlador de Sevilla, obra de teatro escrita por el monje mercedario Tirso de Molina en el siglo XVII. Desde entonces han sido numerosos los escritores que recrearon a este personaje tomando como referente el Tenorio de Tirso. En las letras españolas, Antonio de Zamora, Espronceda, Zorrilla, Azorín; en la literatura francesa Molière, Corneille, Rostand; en la inglesa, Lord Byron y Bernard Shaw. Incluso ha sido fuente de inspiración para músicos de la talla de Mozart que compuso su famosa ópera, con libreto de Lázaro da Ponte, Don Giovanni.
Siendo mi intención contrastar en esta entrada la figura de Don Juan Tenorio con la del veneciano Giacomo Casanova, me remitiré aquí al primigenio Burlador, el creado por Tirso. Aunque ambos personajes, Don Juan Y Casanova, encarnan el paradigma del varón seductor y su fusión e identificación es frecuente, sin embargo existen entre ellos claras diferencias.
La obra de Tirso, escrita en la España de la Contrarreforma, muestra a un personaje que con su conducta libertina transgrede todos los valores de una época. Por esta actitud, entendida por su creador como temeraria y soberbia, será condenado al final de sus días a las llamas del infierno. Don Juan es por tanto una ficción literaria que nace de la pluma de un monje mercedario con un claro propósito moralista: "No hay plazo que no se cumpla y deuda que no se pague". Frente a esto, Giacomo Casanova es un personaje histórico, un ser de carne y hueso que al final de su existencia escribe en Histoire de ma vie sus memorias. En su autobiografía, puramente descriptiva, no le mueve otra intención que la de deleitarse con complacencia en lo vivido, contando sin ningún tipo de tabúes ni prejuicios sus andanzas y hazañas eróticas en la Europa ilustrada y de costumbres relajadas de mediados del XVIII.
Don Juan es presentado por su creador como un caballero español, hijo de nobles y educado en la férrea moral católica de la Edad Media. Conocedor de un código de valores, es consciente de transgredirlo, pero gusta de ello aunque no ignora que su comportamiento es inmoral. Para Don Juan existe el concepto de “Pecado” y “Aunque largo me lo fiáis”, también existe un más allá. Frente a esto, el italiano, hijo de comediantes de clase burguesa, se presenta a sí mismo como un aventurero y vividor, y aunque culto y educado, sin ningún tipo de ética y moral. Casanova, ante la dudosa existencia de un más allá, es un hedonista que personifica el Carpe Diem y cuyo máximo valor es el disfrute y placer que la vida terrenal pueda ofrecerle. No se plantea el concepto de pecado ni tiene conciencia de transgredir código de valores alguno, simplemente porque para él no existe. Desde esta perspectiva, la actitud del veneciano sería calificada de amoral.
Partimos pues de dos personajes con orígenes desiguales y cuya historia se desarrolla en contextos espacio-temporales diferentes que condicionan maneras de actuar y pensar. Cierto que tienen en común ser jóvenes y atractivos varones que obtienen el favor y gozan de las mujeres, razones éstas que los han convertido en mitos de lo popular. Pero también en el modo de seducir a lo femenino y en la finalidad de la conquista, se manifiestan como figuras antitéticas que encarnan dos formas diferentes de erotismo.
Se podría resumir diciendo que Don Juan es un cínico que conquista a las mujeres con engaños y falsas promesas, produciendo en ellas frustración e infelicidad; mientras que Casanova sería el amante perfecto que, sin promesas de amor eterno, las hace felices al ofrecerles un gran placer físico. Pero para no extenderme demasiado, será en la próxima entrada donde analizaré estas diferencias con más detalle.
***
Casanova Giacomo, Memorias. Madrid, 1982. Aguilar. Colección Joya. Cinco tomos. Traducción del francés de Gloria Camarero. Prólogo de Julio Lago alonso. Con ilustraciones de dibujos originales de De Maillart.

Giacomo Casanova, Memorias de España. Madrid, 2006. Edit. Espasa Calpe. Traducción Pedro Crespo.

Stefan Zweig, Tres poetas de sus vidas (Casanova, Stendhal, Tolstoi). Barcelona 2008, Edit. Planeta. Traducción José Anibal Campos.

Tirso de Molina, El burlador de Sevilla y convidado de piedra. Editorial Castalia.



30 de mayo de 2009

Soneto V

Escrito ´sta en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto"
Soneto V, Garcilaso de la Vega

A L. G.
Sólo el corazón de la memoria puede detener el tiempo; una emoción, un paisaje, un rostro, permanecen intactos sin habitar el paso de los años. Tal vez por esto en los primeros momentos de aquel inesperado encuentro no la reconocí. Sólo al escuchar su nombre fui capaz de traspasar aquel rostro que trajo al recuerdo vivencias de una época lejana.
Estrella llegó una tarde de invierno cuando los alumnos de bachillerato esperábamos a un adusto profesor de ojos cansados. En aquel tiempo era yo un muchacho de quince años que había abandonado un amado aunque oscuro pueblo para estudiar por vez primera en un instituto de ciudad. Fue un año difícil para mí, pues a mi falta de experiencia se unía una gran timidez que me impedía hacer amigos con facilidad, y tanto en el instituto como en el Colegio Mayor donde residía, experimentaba una infinita soledad que sólo aliviaba el fútbol y algunas lecturas.
Mi recuerdo siempre retrata a Estrella como aquella primera tarde. Me pareció la mujer más hermosa y delicada que había contemplado nunca. Llevaba una blusa blanca y una falda de plisados que se abrían en abanico y ondeaban al compás de sus gráciles pasos. Y yo, con ojos hechizados, seguía a aquella bailarina de cuerpo delgado y sonrisa luminosa que paseaba por la clase y posaba la mirada en los rostros de unos adolescentes que alentaban secretos bajo los pliegues de las prendas femeninas. Los miraba a los ojos y preguntaba: “¿Te gusta la Literatura?”
Cuando me tocó el turno, sentí un nudo que oprimía mi garganta y como mi exarcebada timidez me convertían en un estúpido paleto que tartamudeaba con dificultad su nombre. Me encogí en el asiento sintiéndome un bicho feo, un triste topo o un insignificante insecto, y ante aquella pregunta permanecí mudo. No me atreví a confesar lo que realmente pensaba de la "Literatura": una lista de autores, fechas y obras que en los exámenes había que recitar de memoria.
No sabía aquel muchacho solitario y asustado que en aquellas largas tardes escolares de "monotonía de lluvia tras los cristales" se le iba a revelar el misterio que ocultaba aquella palabra. Tal vez el mismo que latía en la infancia, en el calor de los espacios donde nacían los cuentos. Porque Estrella solía contarnos historias de hombres y mujeres que ponían palabras a nuestra propia voz, aquella que anhelaba la libertad o el amor, o que ahondaba en el desengaño y la soledad. Y siempre había un relato, una pequeña historia o un poema sabiamente escogidos que llenaban el silencio del aula ante aquella secreta autoridad que ella transmitía. De la emoción de aquellos versos nació en mí el deseo de la escritura.
Mis primeros versos, siempre tristes, convirtieron a Estrella en una dama distante y venerada, una imagen sagrada e intangible que me llevaba a la ensoñación. Me deleitaba en el sufrimiento de un amor poetizado que la convertía en una amada nunca amante. Por eso fue que me vengué de Lisardo, aquel bestia que un día en el gimnasio, mientras se desvestía, hirió mis oídos con palabras que manchaban el amor de mi dama blanca. Esperé la ocasión y en un partido del recreo le lancé con toda la rabia del mundo una patada que lo hizo renquear por unos días.
Creo que Estrella intuyó mi gusto por la lectura y en especial por la poesía. Lo que ella nunca supo fue de mi pasión por hacer rimas, ni de mi sueño por convertirme en el poeta del hermoso Soneto V, el creador de aquellos versos que, en el festival de fin de curso, recité con fervor mientras ella me miraba sin sospechar que revelaban mi secreto mejor guardado:
" Y cuanto yo escribir de vos deseo
vos sola lo escribistes"...