(Castelao; Album Cousas da vida)
Bien saben ustedes que los animales, como personajes maravillosos y fantásticos, gozan en la ficción de una vasta tradición literaria. Desde que el griego Esopo inventó las fábulas, éstas no han dejado de retomarse, recrearse y ampliarse en distintas épocas y por distintos autores. El latino C. Fedro ( S. I ), el francés Jean de la Fontaine (1621-1695), los españoles Samaniego (1745- 1801) y Tomás de Iriarte ( 1750-1791), la inglesa Beatrix Potter ( 1858-1943) o los escritores hispanos más contemporáneos como Borges, Cortázar, Javier Tomeo, Cabrera Infante , Augusto Monterroso… que también han apostado por estas composiciones.
Todas ellas tienen en común ser breves historias protagonizadas por animales (también plantas u otros objetos personificados) que muestran con humor e ironía vicios y virtudes del ser humano y proponen al lector una reflexión. Cierto que la explicita y deliberada intención didáctica y moralizante que tenían hasta el siglo XIX se ha ido diluyendo en lo cuentos más modernos, siendo sustituida ahora por un oscuro misterio o un incompleto final que sorprende y desconcierta al lector de hoy más perspicaz y deseoso de la sugerencia que de los finales cerrados.
Escribir sobre el protagonismo de los variopintos animales que aparecen en las fábulas es tarea larga, por eso mi entrada de hoy va a tratar exclusivamente de Burros. Y es que la cuestión viene porque el otro día, ante la ignorancia manifestada por mí en el uso de una palabra, alguien me espetó un derechazo: “¡Borrica!” Y yo, que soy agradecida, pensé para mis adentros “Nunca te acostarás sin saber una cosita más”, pero convencida de que la mejor defensa es un buen ataque, respondí con una siniestra sutil: “Oiga, usted, no se me ponga farruco, que le atizo con los burros filósofos de Castelao”. Y en eso estoy, tú, que te quiero atizar. Así que estos orneos (rebuznos) van por Ti, Majo!
Primero aclararé que el calificativo de “filósofos” para los burros de Castelao es mío, pero les demostraré que se merecen este adjetivo con un texto del autor gallego que les copio al final. Ahora tengan un chisco de paciencia y esperen unas líneas más que aún me quedan unos cuantos rebuznos literarios. Y es que en la historia de la literatura hay estupendos y variados pollinos para elegir y recrear.
Por ejemplo, El burro cagaduros, jamelgo cómplice de una historia de amor, que con gran rebuzno de satisfacción excretaba monedas de oro por la retaguardia cuando el dueño hacía girar las borricas orejas del animal. Curioso cual gallina de los huevos dorados, ¿verdad?. Pues a éste valioso jumento lo pueden encontrar en Cuentos al amor de la lumbre de A. R. Almodóvar (Madrid, Anaya, 1988)
Otro de mis burros favoritos es El asno de Buridán, un poco absurdo el pobre, pero muy aleccionador para necios y burros indecisos por la paradoja que plantea. Y es que enfrentado ante dos montones iguales de heno, el pollino no sabe cual elegir y termina muriéndose de hambre -ya ven qué cosas. A veces un dios da pan a quien no tiene dientes-. El nombre que se le da al animal viene por ser el protagonista de un antiguo argumento escrito por el francés Jean Buridan (1300 -1358), teólogo escolástico discípulo de Guillermo de Ockhan, defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón.
Además de Buridanes y Cagaduros tenemos también a fieles pollinos como el inolvidable “Rucio”, el inseparable compañero y amigo de una jaca flaca trasformada en el flamenco Rocinante por el magín de nuestro Hidalgo Caballero. Sí, hablo del mismo, del “Rucio” que transportaba con paciencia y dignidad por manchegas tierras el peso del escudero que se soñaba gobernador de la prometida, por el de la Triste Figura, Ínsula de Barataria.
Y bueno, para rematar y no rebuznar en demasía, traigo aquí a un burro “Pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”; ese burro cordial y cariñoso que nos transporta a la candorosa infancia, como mi Majín, de Majo y con caprichosa “J” de las Pájinas Escojidas de don Juan Ramón. Y es que el Majín, aunque feucho, fue mi y hermoso y entrañado Platero de la infancia. Pero, miren, no quiero ser pesada, y esta historia, mejor, se la cuento otro día.
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Les dejo con una pequeña fábula de Miguel Agustín Príncipe (Caspe, 1811- Madrid 1863) y el texto anunciado, unha Cousa de Alfonso R. Castelao (Galicia, 1886- Argentina, 1950), en versión original y mi traducción al castellano.
El hombre y el asno
Aunque parezca broma,
conviniéronse un Hombre y un Borrico
en enseñarse el respectivo idioma;
y el Burro… ¡suerte impía!
no aprendió ni un vocablo solamente
en dos años de estudio y de porfía,
entretanto que el Hombre, en solo un día,
aprendió a rebuznar perfectamente.
No trates con el bruto ni un minuto,
pues no conseguirás la alta corona
de hacerle tú persona,
y puede suceder que él te haga bruto.
(Miguel Agustín Príncipe)
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O Burro non bulía nin chisco
O burro non bulía nin chisco: tiña os olhos abertos, enfiados no chao, e polas trazas o burro cavilaba de firme , asolagado nas súas cavilacións. Eu enfiei os meus olhos no burro é tamen me puxen a cavilar, esquecido de min mesmo; ensumíndome nos adentros da besta, e sen facerme cargo, os meus pensamentos eran os do burro.Os homes non queren ser burros; quixeran en troques seren leóns, tigres,lobos..., xustamente porque os homes son máis burros que leóns, que tigres, que lobos...Por iso a verba "burro" é un alcume aldraxante para eles.
O meu lombo rexe con calquera home e secomasí os homes prefiren un cabalo, un elefante...calquera besta máis grande que eles, de modo que ninguén poida dicer:"Velaí van dous". Non nos aprecian porque ollan en nós as virtudes dos homes de ben. Somos amigos dos probes, amparo dos mendicantes, temos levado no lombo a Noso Señor e San Francisco Asis; pero non levamos ningún guerreiro.
A paz virá cando os homes todos queiran ser burros.
Chegaron a negarnos caletre porque andabamos pola veira dos camiños. Parvos. Un burro pode morrer asasinado por un auto; pero un burro non cae debaixo dun auto, como caen os cans e as galiñas... Nós presentiamos a chegada dos autos denantes de inventalos o demo do inferno.
Niste punto volvín en min.
(Cousas, Daniel R. Castelao Edit. Galaxia, Vigo, 2005 )
El burro no rebullía ni pizca, tenía los ojos abiertos, enfilados al suelo, y por la traza, el burro ciertamente cavilaba sumergido en sus pensamientos. Yo dirigí mis ojos al burro y también me puse a pensar, olvidado de mí mismo, sumiéndome en los adentros del animal, y sin hacerme cargo, mis pensamientos eran los del burro.
Los hombres no quieren ser burros; quisieran sin embargo ser leones, tigres, lobos…,
justamente porque los hombres son más burros que leones, que tigres, que lobos… por eso para ellos la palabra “burro” es un apodo ultrajante.
Mi lomo puede con cualquier hombre, y a pesar de esto los hombres prefieren un caballo, un elefante… cualquier animal más grande que ellos, de modo que nadie pueda decir: “mira, ahí van dos”. No nos aprecian porque ven en nosotros las virtudes de los hombres de bien.
Somos amigos de los pobres, amparo de los mendigos, hemos llevado a lomos a Nuestro Señor y a San Francisco de Asís; pero no llevamos a ningún guerrero.
La paz vendrá cuando los todos los hombres quieran ser burros.
Llegaron a negarnos cabeza porque andábamos por las orillas de los caminos. ¡Estúpidos! Un burro puede morir asesinado por un automóvil; pero un burro no cae debajo de un automóvil, como caen los perros o las gallinas… Nosotros presentíamos la llegada de los automóviles antes de inventarlos el demonio del infierno.
En este punto volví en mí.

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